Opinión

​¿Por qué no somos un país feliz?

Para lograr una cercanía a la respuesta primero se debe anteponer el hecho de que más bien somos un país sedado por el entretenimiento y la banalidad antes de la idea que nos proyecta como el paraíso de la felicidad. De paso, eso nos ahorraría la desilusión cada año de no vernos entre los primeros países felices que establece la ONU.

Lo segundo es definir a qué clase de felicidad nos referimos, y sin duda esa felicidad tabularia de Naciones Unidas dista en su criterio de la rutina romo-ritmo y fin de semana a la que obedecemos. Más que la sonrisa y las campañas del Ministerio de Turismo, toma en cuenta indicadores como esperanza de vida saludable y libertad para tomar decisiones, en eso nos quemamos.

Nos encaminamos a un proyecto de Presupuesto Nacional (2020) que por poco rosa los 1,000 millones de pesos y nueva vez adolece de una distribución desigual de las partidas. Peor aún, el documento será analizado por uno de los congresos más caros del mundo y que en el caso de la Cámara Baja no sesiona hace más de un mes. ¿Somos felices?

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