Editorial

A la ONU: humanismo con equilibrio

Las declaraciones reiteradas de un alto funcionario representante de las Naciones Unidas (ONU), pidiendo que República Dominicana detenga las deportaciones de ilegales haitianos, alegando razones humanitarias, pone de manifiesto la decisión de ese alto organismo internacional de mantenerse indiferente e indolente frente a la calamidad que vive el pueblo haitiano, dejando de lado los reclamos de una intervención suya que vaya en apoyo de Haití.

Como bien lo sabe la Comunidad Internacional y el mundo, Haití ha colapsado en su institucionalidad, siendo tomado por bandas armadas que han impuesto el terror y la inseguridad, situación que ha agravado la emigración masiva de haitianos, huyendo del caos y la anarquía que esas bandas armadas han impuesto en Haití.

Como también sabe la ONU, la expulsión de los habitantes de su propio territorio en esas condiciones, amenaza en primer lugar a su país vecino, es decir, a la República Dominicana que ha visto llenarse de inmigrantes haitianos, en su mayoría ilegales, que mantienen intranquilizada a la nación dominicana, viendo que además los demás países de Las Américas rechazan y expulsan de sus territorios a la masa de inmigrantes haitianos que han salido despavoridos hacia Canadá, EE. UU y los demás países de la América Latina hasta Chile.

En ese cuadro de calamidad humanitaria, solicitar de parte de la ONU que nuestro país detenga la repatriación de los haitianos ilegales, sin antes proponer alguna fórmula proporcional para que todos los países de las Américas reciban a los inmigrantes haitianos, constituye una forma de humanismo sin equilibrio inadmisible tal como lo ha considerado el liderazgo nacional, oficial y de oposición, pero al mismo tiempo es una irres­ponsabilidad frente a la necesidad continental de que la ONU se plantee una solución menos arbitraria y perjudicial a la seguridad nacional de un país miembro como lo es la República Dominicana.

La ONU debe entender, de una vez y por todas, que “no hay una solución dominicana” a la situación dramática de Haití. Por eso es que a la ONU le toca, por la misma humanidad que le reclama al gobierno dominicano, asumir su responsabilidad de decidir ir en apoyo del pueblo haitiano y restablecer la paz y la gobernabilidad en esa nación miembro de ese organismo internacional.

Ha dicho bien nuestro presidente, al indicar el propósito de intensificar el proceso de repatriación de haitianos ilegales. A ese propósito se debe unir la estrategia de fortalecer la frontera, intensificando también la construcción del “muro”, al tiempo de suspender la “venta” de visas en los consulados dominicanos situados en Haití.

A esos esfuerzos se debería adicionar el restablecimiento del contrato entre Haití y RD para la importación de mano de obra haitiana de forma legal, tal como se hacía a través del CEA para la zafra azucarera. Ese mecanismo se pudiera implementar con la asistencia técnica de la OIT, otro organismo de la ONU para regular el flujo migratorio internacional del mercado laboral.

En esas misiones es que la ONU debería colaborar con Haití y la República Dominicana, así como con todos los demás países de la región, los cuales deberían participar en la solución del problema migratorio haitiano y también en su pacificación.

¡Qué se deje la ONU de exhibir posturas desproporcionadas!

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