Opinión

A todas las madres del mundo

Por: Rafael A. Escotto.

«Todo lo que soy y espero ser se lo debo a mi madre».

Abraham Lincoln

El cielo se abría mostrando su hermosura. Un apagado color azul obsequiaba la placidez de su alma. Al contemplarle uno se quedaba extasiado como si escuchara la música de Mozart. De pronto unas gotas de lluvia cruzan el Sol y se forma un precioso arcoíris de colores misteriosos, rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta, las tonalidades que agradan a las madres.

Unos pasos más entro con sigilo a un lugar de una frondosidad maravillosa. Aves de preciosos y exóticos plumajes se ven volar de rama en rama. El loro observa fascinado los colores atrayentes del pavo real. Se le une un tucán y un ave oropéndola de pluma amarilla.

En esa misma actitud maravillosa un ave de paraíso de cuerpo multicolor y cola de bigote, muy similar al que popularizo el gran Salvador Dalí, se le ve llegar a su nido con una ramita en el pico. Un nido a medio construir recibe a su prodigioso maestro de obra.

A orilla del arroyo gorriones corona blanca y sus gorrioncillos beben de aquellas flamantes aguas observados por su madre desde la copa de un árbol de zarzamoras. Es que estas son las particularidades de la madre por su condición de mujer y de los roles que debe asumir en el seno de la familia y de la sociedad.

Luego una gallina roja recorre el pastizal con sus pollitos. De pronto la gallina presiente la presencia de un zorro disimuladamente oculto entre unos matorrales y como medida de defensa la protectora mamá gallina se agacha y esconde sus muchachos debajo de sus anchas alas, como aquella Rea de la mitología griega, madre de los dioses.

Las madres en el dogma de la Iglesia católica simbolizan la Inmaculada o la Purísima Concepción, que sostiene que la Virgen María estuvo libre de pecado original desde el primer momento de su concepción por los méritos de su hijo.

La niña Jacqueline Francis se encaminaba a escuchar la misa en la iglesia San José con su trajecito de tul rojo que le cosió su madre para que lo estrenara en ocasión de sus quince años. Aquella mañana la madrugada descollaba hermosa y verde rociada por la escarcha de un hielo cristalino; quienes vieron aquella chiquilla acertaban decir: «¡Miren qué bella va vestida la hija de la costurera!»

Todas las madres traen envuelto en sus corazones en forma de regalo maravilloso ese dulce amor tan diferente y tan característico que en ellas late unas setenta veces por minuto. No existe un ser humano con la pureza de las madres. De acuerdo con Lucas, el evangelista: son las esclavas del Señor. La madre no es una diosa, sino hija de Adán, consagrada, sirviendo la obra de su Hijo.

Todos somos hijos de Dios, pero ellas son las elegidas hasta su última prueba, cuando nosotros o nosotras sus hijos o hijas nos equivocamos, su fe nunca vacila. No existe un hijo o hija sobre el universo que no se haya beneficiado de su dulzura. Con frecuencia cuando nuestras madres enferman nos entristecimos, nos desorientamos y nos preguntamos en ese estado emocional ¿Cuándo va a curar esa enfermedad?

Cuando experimentamos en algún momento la partida de nuestras madres se forma en las almas de los hijos una especie de hueco recóndito que nunca podrá ser llenado, al extremo que con frecuencia solemos preguntarnos en instantes que sentimos necesitar de sus sabias orientaciones o de sus alientos: ¿Si mi madre estuviera a mi lado en esta circunstancia no hubiese tomado esta decisión que ahora me atormenta y me angustia?

En este instante tengo que volver sobre la Biblia, especialmente al libro de los Proverbios sobre aquella triple repetición de la madre de aquel rey ismaelita de nombre Lamuel: «¿Qué estoy diciendo, oh hijo mío, y qué, oh hijo de mi vientre, y qué, oh hijo de mis votos?» Esas suplicas de la madre trasluce la preocupación anhelante de las madres que le prestemos atención a sus palabras.

Recordemos, antes de terminar este escrito en este día tan especial de las madres, una frase del clérigo estadounidense y destacado abolicionista de la esclavitud Henry Ward Beecher: «El corazón de una madre es la escuela del niño».

La posmodernidad, con todas sus novedades fantasiosas, no ha podido opacar las bondades de esa escuela tan específica y de maestras tan virtuosas como las madres. ¡Felicidades en tu día mamá! Y para aquellas madres fallecidas: Que sus almas descansen junto al lecho de la Virgen María.

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