Opinión

A través de mis ojos

Este título remite al del libro que, con el destacado fotógrafo artístico Herminio Alberti León, publicáramos en 2014, en una edición bilingüe español e inglés, que reunió hermosas fotografías suyas con textos de quien escribe que, sin ninguna presunción, se fueron desarrollando a lomos del pensamiento durante un viaje por Francia y España.

En los proyectos de este jaez en que he participado tanto con Herminio, que también comprenden “Casa de sombras” (2013), así como “Miradas paralelas” (2009), con el fotógrafo español Ángel A. Martínez, he tratado de lograr una simetría entre la fuerza evocativa y el significado de la imagen y la palabra, imprimiéndoles, en términos de sentido, un mismo valor.

Así, trato de paliar estéticamente el malentendido del proverbio chino “Una imagen vale más que mil palabras”, que, por mor de una posible equívoca traducción, desvirtúa el significado de lo que sería la frase original “El significado de una imagen puede expresar diez mil palabras”.

He aquí, pues, la relación armónica, simbiótica, balanceada de la imagen y la palabra, que es consustancial al propósito poético y artístico.

Dada la escasa circulación de la citada obra en nuestro país, quisiera compartir con los lectores de Carpe diem, dos de los fragmentos de pensamiento que conviven con las fotografías.

Pensar

Si existe algo parecido a su opuesto, ese algo, nunca otra cosa, es el pensamiento. Resistirse a pensar es un modo de hacerlo. Negarse a pensar es tomar posición desde el pensamiento mismo.

Espejo contra espejo. Vacío contra vacío. Pensar es correr el velo de la penumbra que enrarece las cosas y debilita el alma. Pensar es desvelar, descubrir, encontrar el reino de la luz.

El pensamiento brota como la música, demasiado parecida a su enemigo, el silencio. Es que no puede ser sin la estela de su sido; huella perpetuada sobre la piel del agua; la música descalza los peregrinos del viento. Contemplo la luz sobre un paisaje terso; la luz que se desliza como acariciando un secreto por entre los guijarros, la madera del portillo, las bisagras cubiertas por la huella de los años.

Pensar se parece demasiado a no pensar. El rumor de la corriente despabila los recuerdos. En este sitio solo, hay apenas soledad.

La nada es la única intocable posible. La nada es la negación pura y simple de la omnitud del ente, musita el filósofo de la angustia y el temblor. Si existiera algo, se parecería demasiado a no existir. Se le ocurrió a alguien decir que sobrenadar es ir en curso sobre el agua de los tiempos.

Pero no. Sobrenadar es ilusionarse con desandar los insondables espacios de la nada óntica. No pensar en nada es demasiado parecido a pensar en todo. Un círculo dichoso contra la ebriedad del sueño. Pensar en que fuera necesario no pensar puede llegar a ser el más claro de nuestros pensamientos.

Concluir
Concluir se parece demasiado a la ilusión. En arte no se concluye nada. Cada punto final, en la escritura, reabre un concierto de puntos infinitos, con cuyo movimiento se articula el sentido.

Cada imagen es, antes que un paisaje, una ventana por la que discurren el espacio y el tiempo infatigables.

Concluir se asemeja demasiado a empezar. Una semilla es acento de muerte y, sin embargo, en ella encierra la plenitud de la vida sus conquistas.

Una hoja muerta se transforma en pieza necesaria de la fecundidad. Concluir y empezar son las puntas de un círculo abierto; como nacer y morir, como la voz y el silencio, como la sombra y la luz. Concluir es un instante de empezar. Partir es el comienzo del eterno retornar.

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