Opinión

A un año de su partida… Hasta pronto Alina… Adiós Princesa

Fausto García

“El hombre que oculta su pasado se niega a sí mismo”. (Fausto García).

Ya hace un año de aquel “Adiós princesa…”  Fue el 4 de agosto del 2020, a las 5:33 a.m. de aquel inolvidable día y de aquella inolvidable partida. Habiendo aceptado la derrota de la lucha de aquel terrible cáncer  sobre su frágil y maltratado cuerpo, -aunque no así sobre su espíritu- aceptó dejarse vencer y al final, luego de vivir las escenas propias de los efectos provocados por ese terrible mal, que había ya dañado la mayor parte de sus órganos vitales, decidió darse por vencida, aunque no así repito, de su espíritu, pues por la misma oración de abandono que había hecho y dejado escrita, ya cuando le quedaban pocas fuerzas físicas, dijo como Jesús en la cruz: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Ya un año de aquel adiós y parece que fue ayer, pero no, hace un año de aquellos hechos, de aquellos acontecimientos que marcaron el inicio de una ausencia física pero no espiritual, especialmente para mi y todos aquellos que la llevaremos siempre en nuestras vidas terrenas y que anhelamos y abrigamos la esperanza de la vida eterna que vino a traernos Jesús, y la cual nos permitirá encontrarnos con los nuestros en el cielo.

A un año de aquel adiós, los días han servido para ver y valorar la gran lucha y valores de una joven madre que tuvo que librar grandes batallas, las cuales enfrentó con valentía y decisión propia.  También de una joven hija a quien la vida -por circunstancias secretas de ella misma, la vida- quiso negarle el regazo de sus padres, criándose bajo el abrigo mayor de abuelos que supieron acogerla como su hija, desde un principio, y que sé, hace un año, comparten moradas celestes.

A un año de aquel adiós los días han servido para valorar y rememorar su lucha contra aquella enfermedad, su valía para aceptar los diagnósticos médicos, incluido aquel donde por escrito le decía el médico a su cargo, que tenía o le daba unos 6 meses máximo de vida. Su valía y coraje para aun con un ultimátum de esa magnitud, sonreírle a la vida e ir tras cada tratamiento indicado y más allá, siempre albergando la esperanza de poder revocar o anular aquella sentencia infame.  Y no lo hizo un día, lo hizo siempre, nunca se rindió, siempre luchó hasta el final, hasta ver agotar las fuerzas físicas, pero no las espirituales, que siempre estuvieron ahí con ella.

A un año de aquel adiós los días han servido para recordar todos aquellos momentos de grandes dolores, de graves efectos de la radio y quimioterapia y de las drogas suministradas para procurar contrarrestar o calmar ligeramente parte de aquellos efectos terribles que producen esas terapias destructivas. Dolores tan fuertes y desesperante como para decir ella misma o los que estábamos cerca, señor ya, ponla a descansar, pero que no hizo ella ni nosotros tampoco, pues nos aferrábamos a la fe en Jesús y nos abandonábamos como El en las manos del padre, allá en el huerto de Getsemaní: «Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz.
Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
 (Lc. 22,42)

Pero no simplemente rememorarlos porque si, sino para hoy a un año, ver y medir en su justa dimensión aquella lucha por la vida, una lucha titánica, con gran entereza, confianza y esperanza, tanto, que vista hoy a un año, parecería que todo lo hecho por ella en los últimos meses, no fue hecho por ella, que era otra persona, pues hoy, yo me atrevería a decir que aquel cuerpo lo tomó una especie de ser celeste, pues solo así se explica, que ella, llegara tan lejos en esa lucha y que lo haya hecho totalmente resignada, entregada, en paz y consciente de cualquier desenlace en cualquier momento.

Tan consciente, que llamó y sentó a sus hijos (8-16 años), respectivamente y le habló de su partida como si fuera a un viaje de turismo para el África o Europa.  Igual lo hizo conmigo y otros cercanos, llegando a decirme: venga, siéntese ahí, vamos a hablar, mire yo quiero esto, esto, esto; no quiero esto, ni esto… A un año de aquel adiós, tengo dudas de si hoy podría llegar en circunstancias no iguales, al menos parecidas, a obrar y actuar con tanta calma y frialdad, como lo hizo Alina, hoy por hoy, me convenzo más, de que aquel hermoso cuerpo de una joven hija, mujer y madre de 33 años, lo habitó un ser celeste, pues sería una razón válida, al menos para mí, para entender aquella actitud asumida por aquella princesa.

Para terminar, al menos estas líneas, pues su historia y trayectoria nunca terminará, al menos mientras yo viva y la Fundación que lleva su nombre, veo que lo mejor es recordarla hoy con la canción escogida para aquel encuentro de familia (27/7/2020) previo a su despedida y que ya muchos de ustedes conocen, cantada por José José “Adiós princesa”.  También elijo para este día una foto inédita, tomada por mí en uno de aquellos días de quimioterapia en un hospital en USA; y para cerrar con broche de oro este primer aniversario, que mejor que terminar diciendo, que la Fundación Alina García, (con la ayuda de ustedes, la cual siempre espera y da las gracias) ha hecho suya, dentro de sus posibilidades, la petición de una abuela que desde Dajabón pide ayuda para operar a su nieta de 5 añitos con problemas serios del corazón y que junto a una joven voluntariosa de la fundación, ya viene dando pasos para que pueda ser operada.

Pienso que, con esto, Alina, sus abuelos, la madre Teresa de Calcuta y su “gota de agua para el mar”, y los ángeles, estarán todos de fiesta en el cielo, sobre cantando con José José:  Adiós, Adiós princesa…

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