Editorial

Ahora es el tiempo

La ampliación de las desigualdades sociales es una de las características del crecimiento económico de nuestro país  en los últimos años. Todas las estadísticas disponibles apuntan a las serias brechas sociales y regionales, a las diferencias que hay entre ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, personas con y sin discapacidad.

Esta constatación nos lleva a preguntarnos cómo viven la pandemia del COVID-19 las familias de los sectores acomodados y las de los sectores más vulnerables del Gran Santo Domingo, moradores de mundos a la vez lejanos y cercanos.

Sabemos que aquí la pandemia impactó primero en las clases medias y altas por la mera razón de que estas tienen más facilidades para viajar y acceder a ciertos círculos donde desgraciadamente se movieron extranjeros infectados.

Estos sectores, al estar insertados en el mundo global, se mantuvieron informados de la expansión planetaria del Coronavirus. Fueron impactados por la notoriedad de las primeras personas infectadas y, en consecuencia, acataron de manera casi ejemplar las medidas de cuarentena decididas por el gobierno.

Los niños y niñas de ciertas escuelas privadas siguen con un buen ritmo sus programas escolares. Con un promedio de dos televisores por casa, tabletas y smartphones, esta niñez tiene acceso a un mundo extraordinario de programas educativos y lúdicos que le permiten compensar el necesario encierro.

Tienen generalmente la nevera llena para satisfacer sus antojos y disminuir  las frustraciones e inquietudes que puede generar una situación tan inédita como la que atravesamos.

Si bien este es un tiempo de angustias ante la posibilidad de contraer el virus, sobre las medidas económicas actuales y por venir, así como frente al futuro que se avecina, no es menos cierto que el presente es también un tiempo que nos encierra en nuestro núcleo y obliga a las familias a convivir en el hogar como no lo han hecho desde hace mucho tiempo, a la vez que deja a otros sumidos en una soledad inconmensurable.

Sin embargo, cabe detenernos a pensar cómo vive la crisis esta otra parte de la población que ha desaparecido a la fuerza del centro de la ciudad y que está recluida en sus mundos de precariedades, muy cerca de nuestras casas, como en Villas Agrícolas, La Zurza o Capotillo.

¿Cómo viven la pandemia quienes no entienden bien lo que les está cayendo arriba y no comprenden cómo un virus invisible puede ser tan letal? Se pueden preguntar si el hipotético virus no es “asunto de ricos” y si es más mortífero que los golpes del padrastro que ya ni sale de la casa algunas horas al día, la ausencia de comida o la convivencia de familias bajo el calor insoportable de los techos de zinc. 

Según la epidemióloga de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, Grazia Caleo, hay varios factores que favorecen o debilitan la disposición al cumplimiento de una cuarentena: “Cómo son implantadas [las medidas] y se hacen cumplir, su impacto socioeconómico, la percepción del riesgo, la confianza en los líderes, las normas sociales, las ideas sobre el deber moral de ayudar a la familia o las experiencias pasadas”.

Un barrio marginado no es algo estático, tiene también su “aristocracia”. Muchas veces son los moradores originarios, los que viven en las partes alante, los que son propietarios de sus casas, tienen trabajos fijos, reciben remesas, mantienen lazos con “los países”, o bien alquilan cuarterías elevadas sobre techos o en los antiguos patios formando callejones donde los “nuevos” que llegan al sector viven como sardinas en lata. En un mismo barrio todos no viven de la misma manera las medidas de aislamiento social.

Nuestras niñez y juventud, por el momento, le huyen más al hambre y a la promiscuidad que al Coronavirus. Por esta razón cuando un lugareño anda protegido con guantes y mascarilla es objeto de burlas. Si bien los drinks están cerrados la gente siente que necesita hacer vida social en los colmados, en los patios, jugar dóminos los hombres o barajas las mujeres, ir a un motel “para resolver”, jugar en la calle o el callejón, que es la única extensión posible para nuestros niños, niñas y adolescentes que no disponen de espacio físico para moverse en sus hogares.

Para Kenia, madre joven con una condición especial, no hay aislamiento social, va de casa en casa fregando, haciendo los mandados, buscando agua para poder ganarse los centavos con los cuales va a alimentar a su niña; anda en el barrio descalza, sin peinar y la gente le dice la “loca negra”. Ella, llena de inocencia, te dice “¡no ombe!, ellos me dicen así de cariño, por aquí la gente me quiere mucho, por eso me ayudan con algo de comida o dinero para que compre algo de comer para la casa”.

Las soluciones no son las mismas para todos y todas. Los mensajes y los medios tampoco. Si bien 89 dominicanos de cada 100 tiene un teléfono celular, lo que equivale a 9.3 millones de personas, muchos conectados a Internet -la población más vulnerable de los sectores más desfavorecidos- no tienen acceso a las redes. ¿Cómo, entonces, pasar los mensajes de prevención?

A este amplio sector no les sirven las bonitas infografías que se publican en medios como Instagram o Facebook. Sus niños y niñas no hacen sus tareas siguiendo consejos virtuales ni poseen libros ni medios para leer.

¿Cómo alcanzar una población que colinda a menudo con la muerte y que debe salir a como dé lugar a buscar la comida bajo pena de dormir con el estómago vacío?

La mayor parte de nuestra población infantil ha sido golpeada por la vida desde su nacimiento: conoce la violencia física y psicológica, la desprotección, los descuidos. La crisis solo viene a agravar las frustraciones y tensiones de los padres, madres y tutores: no hay chiripeo, no hay chapeo, no hay cómo sustentar los gustos y los vicios.

Emergencia apela a acción rápida, a conocimiento del lugar, a autoridad moral, a comunitarios, a solidaridad. La encuesta más fácil de realizar en una emergencia de este tipo es saber cuántas personas viven en un hogar, si tienen agua dentro de la vivienda y cuántas camas hay.

Así se entienden de una vez el apilamiento humano, las más que precarias condiciones de vida y la propensión al contagio. Se descubre también que todas las recomendaciones de la OPS no podrán ser aplicadas en hogares sin ventilación adecuada, donde duermen más de 4 personas en la misma cama, donde no hay utensilios personales individuales de aseo, y donde el agua –de dudosa calidad- proviene de grifos públicos.

Si fuésemos a evaluar qué necesita nuestra población no hay que hacer levantamientos exhaustivos. Nuestra gente requiere alimentos de primera necesidad, arroz, aceite, enlatados, leche, artículos de limpieza, jabón, mascarillas, cloro, entre otros productos.

No importa cuántas instituciones visiten el barrio, no importa si varias de ellas llevan donaciones al mismo tiempo. Jamás estará demás el número de raciones alimenticias que reciban las familias vulnerables, ya que en cada casa viven más de seis personas y todas deberían ingerir por lo menos tres comidas diarias, algo que era ya difícil antes de la crisis cuando solo se vive de chiripeo.

El virus COVID-19 vino a enrostrarnos nuestras carencias en el sistema de salud, nuestras carencias humanitarias, educativas y de equidad, entre otras.

Ahora es tiempo de trabajo altruista y desinteresado que no hay que exponer en las redes. Ahora es cuando debemos ser parte de la solución y vigilar de cerca, aunque con cuidado, la seguridad de nuestros niños, niñas y adolescentes.

Ahora es el tiempo en que la gente necesita más que discursos ricos en oratoria, nuestro accionar, nuestro apoyo y nuestras manos amigas. Es tiempo de decirle al prójimo: “todo va a estar bien”. Ahora es el tiempo. 

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