Opinión

Calle Moca o bulevar

Eduardo García Michel

En medio de la pandemia muchos partieron sin que fuera posible darles una cálida despedida. Se marcharon amparados por el velo de la soledad más austera. En contraste, otros, arrastraron el peso de una influencia gruesa en el sentimiento de su pueblo y concitaron espontáneos remolinos de vientos que tronaron lamentos por su penosa partida.

En medio de las sentidas honras fúnebres de Johnny Ventura, la alcaldesa de Santo Domingo, Carolina Mejía, anunció el loable propósito de honrar su memoria construyendo un bulevar en la populosa calle Moca, para bautizarlo con su nombre.

La intención es buena, pero conduciría a mediatizar dos glorias: el pueblo de Moca, baluarte de la lucha por la libertad y símbolo de consagración al trabajo honrado; Johnny Ventura, alta representación de nuestra música autóctona. Obligarlos a compartir lo que seguirá siendo una sola unidad, es decir, una calle, es ponerlos en tensión y disminuirlos a ambos.

Ese sano propósito pudiera convertirse en un agravio innecesario. Nunca ha sido conveniente desvestir un santo para vestir a otro. En Santo Domingo existen innumerables barrios y calles cuyos nombres carecen de trascendencia, que bien podrían dedicarse a la memoria del músico y político que acaba de dejarnos. Lo apropiado sería que las autoridades edilicias sopesaran la idea y evitaran causar enconos permanentes.

No tuve la oportunidad de tratar al Caballo Mayor. Seguí con interés su notable carrera política. Lo saludé en ocasiones en que por azar nos encontramos y en celebraciones inolvidables amenizadas por él y su orquesta. Era una representación auténtica del carácter del dominicano. Cordial, risueño, repentista, alegre, creativo, innovador, solidario. Parecía tener un imán que atraía multitudes a base de la fuerza de su espontaneidad y encanto.

Siendo yo presidente de la Asociación de Mocanos Residentes en Santo Domingo, organizamos en el 2014 la Gala de la Música Mocana. Junto al elenco de reconocidos artistas que participaron en ese evento memorable, necesitábamos de alguien que por sí mismo fuera un espectáculo y en el tramo final mantuviera vivo el interés del público.

Adriano Miguel Tejada, José Rafael Lantigua, Luis Ovalles y yo, encargados de la producción, nos dimos cuenta de que esa figura tenía que ser Johnny Ventura. Él asumió el reto y preparó algo muy especial, con final apoteósico. Después de más de dos horas de espectáculo la gente no quería irse, electrizada por la simpatía, energía y calidez del Caballo Mayor, quien dedicó frases de auténtico cariño a ese pueblo mocano al cual tanto amó, y que, en reciprocidad, a él lo quiso tanto.

Al ver la forma inteligente en que había planteado su acercamiento a nuestra comunidad, aprecié mejor la dimensión de su grandeza. Ahora, el pueblo que disfrutó de su arte lamenta su partida, al igual que yo. No se lo llevó la pandemia, aunque nadie sabe si influyó para acelerar su final.

En aquella Gala, grabada para la posteridad, había gente de gran talento que ya tomaron el camino de la eternidad, dejando honda congoja en nuestros corazones. Uno de ellos el extraordinario músico Papa Molina, quien nos honró con su presencia. Recibió un fuerte aplauso de los mocanos, puestos de pie, con timbres de orgullo de que fuera de nuestra tierra.

Dada su trascendencia, es posible que se haya pensado en dedicarle un bulevar a su memoria, al igual que a otros con altos méritos. Es tiempo de poner cada cosa en su sitio, sin precipitación. Vaciar pedestales usurpados y colocar a los verdaderos valores en el lugar que merecen.

La orquesta la dirigió otro talentoso músico, Víctor Taveras, ido a destiempo. Integró un conjunto excelso de extraordinarios intérpretes e hizo los arreglos de las canciones con mimo y amor. Al terminar la gala noté su absoluta satisfacción con la calidad alcanzada. Fue el valioso regalo que dio a sus coterráneos para que la posteridad lo recordara.

Allí también estaba nuestro inolvidable Adriano Miguel Tejada. Nadie más que él disfrutó de lo que ocurrió en aquella noche mágica. Junto a José Rafael Lantigua, ilustre compueblano, hicieron de maestros de ceremonia estelares, con altura, humor y devoción. Su introducción en off (fuera del escenario) fue antológica, imitando la voz del presidente Balaguer.

Estos recuerdos vienen a mi mente con nostalgia. El mundo va cambiando, unos llegan, otros salen. Hay algunos, sin embargo, que permanecerán por siempre en la memoria colectiva. Aunque llegaron a la última estación, no se han ido, se mantienen vigentes en los sentimientos de todos. Loor y respeto hacia ellos.

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