Editorial

Cancelaciones como “rutina”

Si ganar unas elecciones nacionales da derecho al despido masivo, echando empleados públicos en un mismo saco de la desgracia solo porque ahora llegaron a gobernar nuevos liderazgos que quieren poner a sus numerosos activistas a ganar dinero, queda en relieve un cuestionable tratamiento al Estado como expedidor de cheques. Considerar como rutinario que así ocurra, como expuso el ministro de Educación, Roberto Fulcar, es una negación de cambios en funciones de poder.

Cada despido o puesta en retiro debe estar validado por demostrable incompetencia, faltas graves en el desempeño o antigüedad en el servicio con disminución de facultades para ejercer oficios pero con pleno derecho a recibir una pensión mensual suficiente para todas sus necesidades.

Insólito que unas autoridades incurran en comportarse como maquinaria que hace añicos el derecho al trabajo en forma discriminatoria sin considerar individualmente los casos, historiales de servicio y subordinación de familias a una única fuente de ingresos para sobrevivir decentemente.

Que eso ocurra después de ganar el poder con solemne compromiso de hacerles ver a los dominicanos que el mal proceder de autoridades anteriores quedaría sepultado gradualmente, contradice en alguna medida las promesas extendidas a la sociedad que mayoritariamente, y confiando en la autenticidad sin excepciones, votó para ser mejor gobernada.

Atacar rebrotes en sus orígenes

Los esfuerzos por bloquear la expansión del virus SARS-CoV-2 han marchado en bloque pero con fisuras en las que deberían concentrarse las autoridades con seguimiento a los nuevos contagiados e indagando sus últimas interacciones sociales. El béisbol y las aulas están privados de público.

Los artistas tienen anulados sus ingresos y el toque de queda tiene en cese total muchas formas de ganarse la vida. De su lado, el oficialismo genera aglomeraciones diarias, incluidas las bajo techo, y aunque se porten mascarillas, en ambientes cerrados los embozos no protegen 100% del efecto aerosol del virus capaz de penetrar por los ojos.

En la urgencia de parar transmisiones de la enfermedad, algunos países prohíben hasta las reuniones familiares de más de diez personas. Aquí persisten concurridos ceremoniales y actos multitudinarios de sello gubernamental.

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