Editorial

Cerca del vórtice

Con las medidas de emergencia que han entrado en vigor y que se recrudecerán en los próximos días, el país comienza su aproximación inevitable al vórtice del huracán coronavirus, con todas sus consecuencias.

Las medidas nos brindan una capa de protección para contener, hasta donde sea posible, la velocidad y volumen de la carga mortífera o inhabilitante, pero sin la unidad abigarrada de un pueblo dispuesto a cumplirla no podremos evitar sus dramáticos impactos.

Lo que se impone es algo que las últimas generaciones de dominicanos no han vivido: la cuarentena total, vale decir, la inmovilización de todos los residentes en una región o en el país entero, con la consiguiente paralización de toda la actividad productiva.

En la guerra de abril de 1965, como en los casos de los grandes ciclones que nos han devastado de tiempo en tiempo, los dominicanos sufrieron los efectos del recogimiento obligatorio en sus hogares, para proteger la vida, más que nada.

Ahora volvemos a enfrentarnos a otro enemigo poderoso, que atrapa de sorpresa a personas de todas las edades y condición social y económica, y que se ha expandido a 163 países, matando en pocas semanas a 8,809 personas y enfermando a 218,631, según las estadísticas oficiales hasta anoche.

Las restricciones que comenzamos a aplicar desde ayer, más las que faltan en el período crítico, son las que ya vimos en los primeros países alcanzados por el virus, según cada fase del proceso de evolución.

El éxito en la lucha lo han tenido China, cuna del virus, Taiwán y Corea del Sur, porque supieron aplicar a tiempo y con rigor, sin contemplaciones ni medias tintas, las fuertes medidas que exigían las circunstancias. No subestimaron la gravedad del virus ni escatimaron recursos para enfrentarla a costa de cualquier sacrificio ciudadano.

La fórmula es la misma en todas partes. Si los dominicanos no asumimos que luchamos contra un enemigo feroz y mortífero, perderemos la batalla. Y de mal manera.

Por eso es que hay que someterse al cumplimiento de una cuarentena, privándonos de nuestras rutinas ordinarias, de tiempos para el buen ocio, del contacto cercano con familiares, amistades y compañeros de trabajo, hasta que pase la tormenta.

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