Opinión

Clerén: el último trago

Luis Córdova

Una mezcla de la amarga imaginería latinocaribeña  viene a la memoria. Pocas canciones han podido sostenerse en la inmortalidad con voces tan particulares como la de Chavela Vargas o Concha Buika. “El último trago”, un tema más del inmenso repertorio de quien se convertiría en personaje sabinero como “un tal José Alfredo”.

Levantar el codo para brindar a la buena o mala salud de alguien, arrojó un drama. En efecto el clerén, para muchos, ha sido el último de los tragos.

La cultura y su carga de símbolos nos llevan a una referencia bibliográfica muy particular: “Trementina, clerén y Bongó”, novela de Julio González Herrera publicada en 1943 y que resulta importante para las letras nacionales tanto por el contexto histórico en el que se produce la obra como por la calidad y trama de la misma: Una revolución de los enajenados mentales, publicada en plena dictadura trujillista, otorga un valor adicional  las temporadas del autor en el sanatorio mental, donde existe un “jefe” (Rodolfo) y donde se preconizan el feminismo, la democracia, la libertad.

Luego se revelaría que el clerén sería la bebida favorita del autor. La destilación de la caña de manera rudimentaria ha estado en ambos lados de la isla por centurias, tan vigente como las alegrías que convocan a celebrar tomándolo como las penas que se aminoran mientras dure el aroma de su cuerpo rudimentario y breve.

El clerén ha estado, está y estará aquí. Los guardias de la frontera, desde tiempos de Lilís y hasta Trujillo, prohibieron el trasiego del producido de aquel lado de la isla. Ilusos gobernantes que ignoraron que la cultura desconoce de disposiciones burocráticas, monta su imperio al margen de los designios del poder. Se documenta producción de esta bebida desde el establecimiento mismo de los ingenios azucareros.

La fórmula, la técnica, la clandestinidad. El clerén no es sólo una bebida espirituosa sino un elemento importante en las manifestaciones mágico-religiosas que también han ido siendo incorporadas a segmentos de la sociedad dominicana.

Sobrevivió a las botas de los caudillos y a la condena del prejuicio. Sin registro sanitaria, sin etiquetas y sin marcas, vendida al granel, en secreto.

Algo tiene que seduce. Algo tiene que nos mata.

Trasciende las regiones y desde un diciembre en el que murieron doce dominicanos por su consumo en Elías Piña, se registra en estos días de confinamiento muertes en el Gran Santo Domingo y Santiago que superan las cuarenta.

Los operativos destruyendo las instalaciones de pequeñas fábricas, los reportajes periodísticos llenan páginas y no deja de expresarse cierta voz xenófoba en las todo permisivas redes sociales.

El Ministerio de Ministerio de Salud Pública ha decidido contar las muertes ocasionadas por el consumo de esta bebida en los días en que el dominicano debe permanecer en su casa. De esta realidad socioeconómica debe producirse un nuevo estudio, no solo el consumo masivo de los distintos tipos de drogas, sino el vínculo de nuestro pueblo con esta bebida en específico.

¿Económico? Existe una diversidad de rones locales e importados en el mercado que resulta en precio igual o incluso menor que el clerén. No parece ser un asunto de costo.

¿Facilidad para conseguirlo? Nada más difícil de vencer que el prejuicio. Se debe ir al suplidor, por lo regular casas en las que se fabrica y se vende el producto, o tener un contacto que se encargue de conseguirlo, dado que en muchos casos, se debe inscribir para la producción siguiente porque la capacidad de producción supera la demanda.

De los niveles de inocuidad no tenemos dudas. De que es  elaborado con caña de azúcar de una calidad no óptima y que los fermentables no cumplen con el rigor de una industria que pudiera dar garantías de no contaminación, en especial con metanol en el proceso de destilación por el uso de maderas como aromatizante o bien porque los solventes pueden contener thimner (como sucedió en una ocasión).

Todo eso lo sabemos. Lo saben los dominicanos y lo saben los haitianos que también mueren en ocasiones por algún contaminado clairin o kleren, como es deniminado en la vecina nación.

Ante la tradición, la nuestra, nos preguntamos cómo controlar el consumo de esta bebida cruzando la segunda década del siglo 21 con métodos decimononos.

Si la amenaza para la salud en un producto adulterado ¿por qué no mejorar el producto? Ahora que hablamos de emprendimientos económicos, que hacemos apología de industrias caseras y empresas familiares, pudiera entenderse esto como una oportunidad.

Negarse es asumir que la realidad nuestra ha terminado fracasando como la rebelión de los internos del psiquiátrico de la novela de González Herrera: Que los locos hagan justicia, que tomen el control del manicomio para: “establecer un gobierno justo y beneficioso para la comunidad”. Una revuelta que puede tener de fondo la canción del mexicano que repite “Nada me han enseñado los años /

Siempre caigo en los mismos errores”.

Mientras más videos se compartan en las redes, mientras más guardias se fotografíen destruyendo envases y se disparen alarmas que no encuentran eco… mientras eso pase, tenemos la certeza, que el momento del último trago aún no ha llegado.

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