Editorial

Como cada año

Si observamos los reportes de la Policía y del Centro de Operaciones de Emergencia (COE) tras las celebraciones de fin de año, se llega a la conclusión de que una parte de los dominicanos transforman la convocatoria por la vida, la familia y la paz, en una carrera de extravagancias, excesos y retos del absurdo conducentes a la muerte.

Las celebraciones de Navidad y Año Nuevo escalan en desenfreno. Carreras alocadas de motoristas, destapes frente al mar, rumba hasta el amanecer, beber hasta lo indecible, hasta toparse con la hora aciaga de la muerte.

Lo que inicia como búsqueda del goce y felicidad deviene en dolor y angustia. Pero esos aloques develan los vacíos, pobre humanidad de la que hablaba el Papa Francisco.

Y no dejamos de sorprendernos de las tristes noticias de mujeres asesinadas al amanecer del primero de enero, de las 22 personas fallecidas en accidentes de tránsito, alrededor de cinco muertes diarias durante la jornada parrandera. Más otras 271 personas heridas por choques de vehículos, aunque afortunadamente sin daños mayores.

Cientos de intoxicados por alcohol, entre ellos 32 menores de entre 13 y 17 años de edad. Igual, cientos de intoxicados con alimentos.

Esas son las víctimas “directas” de los excesos contables por ingesta alcohólica, pero para fines cosméticos o de información estratégica, los heridos, lesionados o asesinados por la violencia intrafamiliar o en la sociedad, vale decir, a consecuencia de pleitos y trifulcas que se multiplican en estos días, también bajo el influjo del alcohol, pasan al reporte rutinario de la Policía, a lo que estamos acostumbrados.

Porque las mujeres asesinadas por sus parejas y los bebedores que se enfrentan en los bares o las esquinas, no se cuentan en los reportes del COE. Están segmentados por capítulos para atenuar el impacto de estas degradaciones, cuando previamente abrieron las llaves a la ingesta para que la gente descargue sus angustias y frustraciones, como si se ignorara que esos estímulos conducen a la violencia.

En fin, que una parte de la sociedad convocada por la vida, la fe y la unión familiar, se descarrila hasta encontrarse con la muerte, como cada año.

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