Editorial

Continuidad del Estado

El Estado dominicano es una cantera de talentos que coexiste con una masa de empleados provenientes del clientelismo político que asumen el empleo como un premio, no como una obligación con la eficiencia o la transparencia del sistema público.

Estos últimos, que engrosan las llamadas “nominillas”, una especie de comida del boa que los partidos en el poder deben distribuir a sus militantes, preparados o no, constituyen el grueso de las nóminas oficiales.

De ellos se diferencian los innumerables técnicos, especialistas y profesionales meritorios que, por sus reconocidas competencias, son esenciales para diseñar, programar y ejecutar planes del gobierno y actuar como contrapartes en los esquemas bilaterales o multilaterales de cooperación.

El Estado también cuenta con servidores con historial de trabajo o experiencia que agrega valor al cumplimiento de sus funciones, acreditados inclusive en la carrera administrativa.

De seguro que es a esta categoría de servidores a la que se ha referido el presidente Luis Abinader cuando dijo ayer que el gobierno evalúa reponer en sus puestos a varios exservidores “desvinculados” en los primeros meses de su administración.

A muchos de ellos, con méritos propios, se les despidió sin pagarles las recompensas por derechos adquiridos, una inconsecuencia que el Presidente promete subsanar al advertir que ninguna institución oficial puede botar empleados si no cuenta con los dineros para pagarles las prestaciones laborales.

Eso se llama ejercicio de continuidad del Estado, que debe estar por encima de las presiones o las ambiciones de personas que, aunque sudaron las camisetas para llevar a Abinader a la Presidencia, no pueden pretender reclamar “lo mío”, como si el Estado fuese un simple botín.

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