Opinión

Covid-19 y digitalización

Jose Marmol

La crisis sanitaria mundial provocada por el nuevo coronavirus, cuyo primer epicentro de contagios masivos tuvo lugar en la ciudad china de Wuhan, en diciembre de 2019, ha ido cubriendo, con niveles de impacto que van de dramáticos a moderados, prácticamente todo el planeta y nos ha forzado, como sociedad y como cultura, a una modificación forzosa de los estilos de vida y del espíritu gregario como piedra angular del proceso de civilización y de modernización del ser humano con su entorno natural.

La llamada revolución tecnológica, que tiene en el medio digital y el proceso de digitalización del pensamiento y la vida uno de sus pivotes esenciales, ahora se nos ha hecho patéticamente presente, porque el confinamiento y el distanciamiento físico y social como reglas fundamentales para la prevención y contención de la propagación del virus, nos han atrincherado en Internet, las Apps y las redes sociales, especialmente las videoconferencias, tanto para la realización del trabajo remoto como para la continuación de los cursos escolares y las actividades académicas en general, además para la dinámica de las instituciones jurídico-políticas, el consumo de bienes y servicios y por supuesto, el contacto que alimenta la unidad familiar.

Es muy probable que, sobre todo los llamados migrantes digitales, hayan tenido en estos meses de cuarentena y estado de excepción su primera experiencia en videollamadas, trabajo remoto e incluso, compras por medio de plataformas digitales e Internet.

El nuevo escenario del apogeo de la digitalización nos presenta una oportunidad en el proceso de aceleración de la revolución tecnológica y también, aunque parezca paradójico, una amenaza.

Filósofos contemporáneos como Jaron Lanier, Maryanne Wolf, Byung-Chul Han, Bernard Stiegler, Nicholas Carr, Eli Parisier y José Ignacio Galparsoro, quien los refiere y analiza en su ensayo “Más allá del posthumanismo.

Antropotécnicas en la era digital” (2019), o bien, el sociólogo Neil Postman, entre otros, advierten en torno al peligro que representaría para el individuo, la sociedad y la cultura una digitalización alienante y radical que, apostando a la probable autosuficiencia de la secuenciación algorítmica y la inteligencia artificial (IA) afincadas en Google y otros gigantes tecnológicos, tienda a establecer un privilegio de la información sobre el saber y la formación intelectual y creativa, para llegar a lo que Lanier denomina “totalitarismo cibernético”, “maoísmos digitales” o simplemente “rebaño digital”.

Se resisten, con argumentos muy bien atiplados, al monopolio de la información sobre el saber, del cálculo sobre el raciocinio y el espíritu, del dato en sí mismo sobre la concreción de los hechos y el poder del análisis y la ponderación.

Si descuidáramos el valor de la contemplación, el asombro, la meditación y la observación crítica y nos conformáramos con la agilidad y superficialidad de la información per se, entonces caeríamos en el riesgo de echar por la borda toda una tradición del pensamiento humanístico y de la filosofía, dado que la lectura y la escritura profundas, en tanto que antropotécnicas pivotes para el pensamiento crítico y profundo, serían desplazados para siempre por la distracción y la premura a que empujan la digitalización a granel, esa que conforma enjambres y rebaños, y la hegemonía de la información, llegando, incluso a alterar la estructura mental humana y la relación del individuo y los colectivos con su entorno natural.

La tecnología debería ayudar al humano a desentrañar lo ignoto del mundo, y no subsumirlo y alienarlo en su programado, estructurado uso excesivo, provocando infoxicación y déficit del saber. Para Galparsoro, la pretensión poshumanista de superar algorítmicamente al hombre y la revolución digital son aliados contra el humanismo.

De ahí que debamos ir más allá del poshumanismo, para salvaguardar el espíritu crítico y la creatividad.

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