Editorial

Crecemos, pero…

Somos la economía que más crece en Latinoamérica y el Caribe, y efectivamente, se aprecia en el comercio, en el alto número de vehículos en las calles, en la construcción de infraestructuras, viviendas, hotelería, en las inversiones en el sector eléctrico, etcétera, pero persisten los mismos problemas sociales, con inequidad en los salarios y los empleos de baja paga, en el deterioro de los servicios de salud, en el alto porcentaje de personas que viven en habitaciones indignas de llamarse viviendas (43% de la población), y pese a la inversión en educación, con graves déficits de aulas reflejados al inicio del año escolar y bajísima calidad de la enseñanza, según el más reciente informe sobre el estado de la educación después del 4%.

A pesar de nuestro liderazgo en el crecimiento económico, no mejora la calidad de vida de los dominicanos. Ciertamente, ha descendido el nivel de pobreza extrema, pero un alto porcentaje de las familias que han logrado cambios en sus condiciones de vida viven expuestas a caer de nuevo en los niveles bajísimos de sobrevivencia.

Es decir, no hay que solazarse en los logros alcanzados, sino concentrarse en lo tanto que falta por hacer. Lo anterior se origina en la perturbación que genera escuchar del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), que el 36% de las muchachas dominicanas contraen matrimonio antes de los 18 años, cuando apenas se suponen terminando el bachillerato, y más grave aún, que el 12% de ellas son chicas de apenas 15 años, niñas.

Como en otros aspectos, lideramos las cifras negativas en el continente, “muy por encima de la media regional de adolescentes menores de 18 años casadas o unidas (23%) y más del doble de la media en adolescentes menores de 15 años (5%).

Son las mismas chicas que van a tener preñez temprana y que luego van a alumbrar sin estar preparadas. Son las mismas muchachas que sufrirán violencia, porque igual los jóvenes con los que se unen no están preparados para administrar una relación y mucho menos un hogar.

Todo es el reflejo de una sociedad inequitativa, injusta en el ingreso, en los servicios educativos y en general, en las condiciones materiales de existencia.

Crecemos en volumen pero no en calidad de vida.

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