Editorial

Crueldad sin límites

El crimen bestial de una niña de cuatro años, golpeada por dos adolescentes en Santiago, y el tiro fallido que pudo acabar con la vida del estelar relevista de Grandes Ligas, Miguel Castro, son hechos conturbadores.

No pueden calificarse de aislados, porque la frecuencia con que acontecen los convierte en el pan de cada día de la inseguridad ciudadana, donde el crimen ya no tiene fronteras.

La niña Yanesy Rodríguez desapareció el sábado en la noche, luego de que su madre la enviara a un colmado del vecindario. Su cadáver fue hallado ayer en un basurero del sector Barranca, en Las Charcas de Santiago.

La Policía dijo que dos jóvenes confesaron que la mataron a golpes. Y nos preguntamos: ¿Qué daño pudo hacerle esa niña a dos adolescentes para que mereciera la paliza mortal? La presunción más lógica es que abusaron de ella y que le fulminaron la vida para que no los descubriera.

El caso de Yanesy se agrega al de otros niños y menores expuestos al abuso físico y verbal y a la violación sexual, delitos que se han hecho frecuentes en el marco de la violencia doméstica, en las mismas escuelas y en muchos ambientes barriales.

Solo en los primeros 9 meses del año pasado se registraron 742 homicidios, casi a razón de 80 por mes, un indicador de la propensión al crimen que incita a muchos ciudadanos que no le temen a la ley ni la autoridad. Ni a nadie.

Los episodios delictivos que implican atracos o intentos de asalto en calles y negocios del país, a cualquier hora del día, cometidos por personas que ni siquiera se cuidan de ser identificados por las cámaras  de vigilancia instaladas por doquier, dan una idea de la licencia que ha alcanzado el crimen impune.

Por poco no tuvimos que agregar a la lista, meses atrás, a la estrella de Grandes Ligas, David Ortiz, atacado a balazos en una discoteca, ni al relevista de los Orioles de Baltimore, Miguel Castro, quien fue despojado de sus cadenas mientras hacía ejercicios en el estadio de Villa Hermosa, La Romana.

Los dos atracadores, no conformes con quitarle las cadenas, decidieron dispararle con una pistola, pero esta se encasquilló y por eso salvó milagrosamente la vida.

Estos hechos, francamente, perturban el alma de los buenos dominicanos que aman el orden y la paz en su país.

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