Opinión

Cuando florecen los cerezos

Por: Rafael A. Escotto
Casi ayer era invierno cuando la nieve se derretía debajo de mis pies; el frio invierno se transformaba en una agradable brisa que rosaba tiernamente la piel de mi ciudad: ¡Nueva York! La ciudad de mis encantos juveniles donde florecen los cerezos más impresionantes y bellos
Las avecillas cantan alegres sus cantos celestiales y corretean las ardillas por las ramas de los cerezos que se yerguen engreídos a orillas de un Hudson caudaloso y enamorado, cuyas aguas rozan apacibles el litoral seductor al vaivén de las caricias de las olas que besan serenas sus labios ribereños.
Mis ojos miraban sorprendidos desde la imaginación «La casa del tiempo» de Aida Cartagena Portalatin, la floración de los almendros; el valle reverdecia anunciando el fin del invierno en la ciudad. Me contaba doña Aida que vio en marzo a Washington, D. C., en primavera pintada de rosas y me contaba que vio ufana en Nueva York el Festival Nacional de la Foración de los Cerezos junto a Guillo Pérez.
Neruda le dice a Aida y a Guillo: «Y yo que jugaba todos los días con la luz del invierno.» Aida le habla a su amigo el poeta chileno «Pensé que me hablabas desde la ventana de los cerros, de aquel Valparaíso, estaño frio, de unos cerezos risueños.»
En medio de estas pláticas entre poetas y pintores, la primavera entra en Nueva York sigilosa, con su lozanía en forma de manto que crean estas impresionantes flores y debajo del espectáculo de los maravillosos arboles de los cerezos se puede apreciar el ciclo que atravesamos los seres humanos a través de nuestras vidas. A traves de los colores del cerezo las cosas muestran el principio, la época de gloria y su fin.
El color rosado pálido de la flor del cerezo brota del capullo, se desprende de las ramas y cae al suelo. Es la etapa más hermosa en que Nueva York, muestra toda su sensibilidad, su empatía y su temporalidad.
Nueva York es en primavera como los árboles del cerezo y los almendros. ¡Oh! mi Nueva York!…mi Nueva York inolvidable, donde mis sueños fueron el eco que resonó en toda la isla de Manhattan, en cuya ciudad García Lorca escribió una «Oda al rey de Harlem», en la que el fuego siempre dormía en los pedernales, y los escarabajos borrachos de anís olvidaban el musgo de las aldeas.
¡Oh! Harlem de Malcolm X, el histórido y emblemáticoTeatro Apolo donde las rosas de Federico Garcia Lorca huían de los filos de las ultimas curvas del aire, y en los montones de azafrán los niños machacaban pequeñas ardillas con un rubor de frenesí manchado y el poeta perteneciente a la llamada Generación perdida donde estaban Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald y su «Gran Gatsby», Langston Hughes escribía su poema «El negro habla de los ríos.»
En Nueva York florecen los cerezos tan hermosos como los de Japón. Desde este Santiago apostólico y caribeño donde las lilas perdieron su color y los cerezos brotan del alma, como escribiera el poeta y tenor cubano Adolfo Casas, para mi son recuerdos del viejo cerezo que crece a orillas del Hudson, eternos cerezos los de mi ciudad, queridos, tiernos, siempre esplendorosos.
Observo a Julio Cortázar que se dispone a entrar al Carnegie Hall y le digo: «poeta présteme su musa que estoy escribiéndole a mi ciudad y en pleno corazón de aquella isla grito a todo pulmón»:
«Te confieso Nueva York que no tengo un instante sin pensar en ti, que cuanto como y bebo tiene tu sabor, que mi vida eres tú a toda hora y en todas partes. Que el gozo supremo de mi corazón seria morirme contigo. »
¿Y ahora? -Ahora nada, me basta con que lo sepas.
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