Opinión

Doña Elsa Marte: misionera hasta el final

Fausto García

La vida y sus cosas son de forma y de fondo.  Lamentablemente, hay quienes pierden el fondo, por estar guardando “las formas”. (Fausto García)

El título que le iba a poner a estas merecidas palabras era “A la memoria de doña Elsa Marte”, pero como un día de estos lo usé para referirme a un importante programa de radio de música romántica y fui mal interpretado en el sentido de que aun el mismo y su productor vivían, preferí no hacerlo, para evitar confusión, pues la doña en cuestión sigue vivita y evangelizando. Soy de los que creen que vale más hablar de los demás, y sobre todo en positivo, cuando aún viven que después de muertos, pues allí en el sepulcro, por alto que sean los decibeles de las voces y las bocinas, los difuntos no solo no saben de nada, como dice el predicador, sino que no oyen nada.  De aquí que prohíbo terminantemente que nadie dedique nada a mi memoria después de muerto, quien quiera decirme rayos y centellas o darme rosas u orquídeas, que lo haga ahora vivo para vea como trato y disfruto unos y otras.

 

Pues bien, para seguir con el objetivo propuesto, les cuento, que hoy, XII domingo del tiempo ordinario en el culto católico, y que corresponde la lectura de Lucas 9, 18-24, y en el que entre otras cosas, Jesús hace dos preguntas a sus discípulos, a quema ropa, como decimos, al terminar la eucaristía en la parroquia de mi comunidad, el ministro anunció, que la señora Elsa Marte, la madre del padre Miguel Marte, estaba a la puerta vendiendo unos boletos para colaborar con la parroquia vecina, Santa Rosa de Lima, para seguir llevando a cabo unos trabajos necesarios en la misma, y lo cual había autorizado el párroco vecino.

 

Al entrar me la encontré, pero a penas pudimos saludarnos con afectos de siempre, por lo que les diré más adelante.  Seguí hacia el interior y me decía, de seguro anda en una de las suyas, y así fue, me lo confirmó el referido aviso. Sí, andaba en una de las suyas, en lo que siempre ha andado desde que la conocí por allá en los inicios de los noventa.  La conocí en ese entonces y aún permanece, por lo visto hasta el final de sus días en esta tierra, en lo que Jesús nos invita a todos, a la gran misión, a cumplir con el mandato misionero de ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio.  Doña Elsa Marte es una de nuestras heroínas anónimas, que pasan desapercibidas para los hombres, pero no así para Dios, que obra en lo secreto, ve y recompensa en lo secreto. Justamente, parte del citado Evangelio le va o le viene muy bien, o ella lo ha interpretado a la perfección, es decir, ha entendido, y ojalá lo hagamos todos, que quien trate de salvar su vida en este mundo, la perderá, pero en cambio, quien la pierda por la causa del Reino, la salvará.

 

A sus sesenta y tantos años supongo, doña Elsa no le da vergüenza andar vendiendo boletos para seguir mejorando su parroquia, y esto al margen de las tantas actividades misioneras que lleva a cabo en su iglesia, pues tal labor, solo la dejará cuando ya sus fuerzas físicas se lo impidan, y ni aun así creo, pues ese espíritu misionero que inyectó en ella el Nazareno, no morirá mientras tenga un aliento de vida en su cuerpo. Con ese espíritu la conocí aquella vez y así la sigo viendo a más de 25 años de aquel primer encuentro.  El escenario fue en el Residencial Henríquez y el famoso Cecara y demás zonas aledañas, donde se construyó una capilla pastoreada por los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, llamada Corazón de María, perteneciente a la madre de todas las parroquias, Fátima, así le llaman, y que luego paso a ser también parroquia, con el nombre de Santa Lucía. Desde aquella capilla a la actual iglesia hay una larga historia, en parte de la cual viví involucrado, y muy particularmente, doña Elsa. Para mí, es mi parroquia o comunidad que me alumbró espiritualmente.

 

En ella viví mis primeras experiencias de fe, las cuales recuerdo con agrado.  En ella y por ella llegué a entender perfectamente la parábola aquella de que el Reino de los cielos es parecido a un grano de mostaza, tal vez algún día hable de esto. Con doña Elsa me tocó lidiar aquellas primeras experiencias, y vayan experiencias, con una mujer corporalmente siempre flaca y diminuta, pero espiritualmente con la fuerza de un Sansón, incansable.  La veo y la tengo grabada en mi mente con el Periódico Camino en sus brazos para venderlo, con reuniones para allá y reuniones para acá. Pertenecía -y entiendo que todavía- a las legionarias, a la hermandad del Corazón de Jesús, a los cursillistas, al Consejo parroquial, y hasta al movimiento de la Renovación Carismática, al único que pertenecí y todavía pertenezco, y que por tanto, nos llevó a encontrarnos siempre a nivel de expresar y mantener ciertas diferencias, las cuales hoy remembro con cariño, pues me hacen ver las tonterías y atajos en que nos hace meter la inmadurez y la inexperiencia en cualquier área de la vida.

 

Para terminar, la escuché decir, a alguien que le preguntó, que su hijo, el padre Miguel estaba en Uruguay.  Y al oírla, me evocó aquellos momentos de aquellos años, en que el mismo estaba en el Seminario y que ella pedía oración por él y se le veía siempre la alegría de saber que el mismo había elegido la misión o vocación al sacerdocio de Cristo, alegría que todavía lleva, pues su rostro siempre refleja una sonrisa, y lo mejor, que en los pies de su hijo van y están los suyos, llevando y anunciando el Reino de Dios a los hombres de este mundo. Doña Elsa, misionera hasta el final, que Dios nos la mantenga viva por muchos años más, y ojalá, cuando la vuelva a ver, me tenga u oferte algo distinto a esa misión, pues hasta el día de hoy, es solo en eso que la he visto siempre. Abrazos y afectos de siempre para usted, extensivos a su talentoso hijo.

 

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