Opinión

¿Dónde radica el colonialismo mental?

En varios de los aspectos fundamentales para el desarrollo social, económico, institucional y humano de una nación la nuestra lleva su camino a tientas, dando tumbos, presa de los espejismos del pasado y del miedo a la incertidumbre ineludible del porvenir.

Queremos mejoras en la educación, pero nuestros educadores oxidaron sus herramientas pedagógicas. Queremos adelantos en nuestro sistema democrático, pero los liderazgos políticos, renuentes al cambio, prefieren el comodín de lo conocido, seguro, manipulable y conveniente entre ceja y ceja.

Queremos que el Estado funcione con transparencia, eficacia y rectitud ética, pero tenemos miedo a que las instituciones sean autónomas, descentralizadas, investigables, abiertas.

Queremos progreso, pero quienes pueden impulsarlo piensan, demasiadas veces, y tanto desde lo público como desde lo privado, solo en su propio beneficio y no en las ventajas que el valor económico y social compartido puede reportar al equilibrio entre el interés particular, el interés general, la equidad y la paz sociales.

Queremos ciudadanos pensantes, pero no estimulamos el espíritu crítico ni la libre expresión de lo pensado y lo sentido. Soñamos con avances científicos y tecnológicos, pero seguimos reforzando, en las aulas y en el mercado laboral, las carreras convencionales y los métodos de enseñanza-aprendizaje del pasado.

Queremos, pues, un país portátil, de bolsillo, personalizado, que se acomode a los caprichos y antojos de cada quien, sin pensar en la importancia que para el presente y el porvenir de un Estado y una nación representan el sacrificio de lo particular, privado y efímero a favor del establecimiento de lo social, institucional y sostenible.
Uno de los ámbitos más críticos en este sentido es el de las ideas.

Los que todavía ven colonialismo hasta en la sopa se empecinan en creer que lo único válido es lo autóctono; que es débil de nacionalismo y por tanto proclive al colonialismo quien se preocupa por el pensamiento universal.

Su propia miopía intelectual les impide advertir que, sin las corrientes de pensamiento europeas, por ejemplo, que se remontan al pensamiento clásico, aunque lo cuestionen, no tendríamos hoy pensamiento latinoamericano. Que nuestros próceres y pioneros afincaron sus ideales en modelos liberales de Europa y Norteamérica.

No les alcanza, su escaso horizonte de miras, para comprender la influencia de la Ilustración y el romanticismo europeos, por ejemplo, en la ruptura, precisamente, de las instituciones coloniales y el eurocentrismo, para el establecimiento de las repúblicas libres del siglo XIX.

Creen, porque de dogmatismo se trata, que valorar una corriente de pensamiento que se acomode a la idea y la tradición de lo vernáculo vale más que el cuestionamiento crítico de lo universal y lo local, para la construcción del pensamiento crítico sin más, sin fronteras ni doctrinas.

Es el aprendizaje de la libertad lo que nos conduce al autodescubrimiento pensante.

Lo nacional es hermoso, valioso. Lo autóctono es siempre un recurso digno. Pero, de lo que se trata con aquellos radicalismos es de incomprensiones obtusas y de un asunto, extraño a las facultades de la filosofía y de las ciencias sociales, que mantiene, a quienes suscriben la tesitura del colonialismo mental, ocupados en hacer prevalecer la opinión fundamentalista sobre el juicio crítico e ignorar el legado del pensamiento universal.

Que barbaridades conceptuales de este jaez ocurrieran en el ambiente académico y tribal de hace cincuenta años es, sin mengua del atraso y la ceguera, algo comprensible.

Pero, que continúen sus remanentes execrables, que traten de reinstalar sus cerrazones dictatoriales es una aberración, un despropósito humanístico, una vergüenza epistemológica y cultural.

Ese colonialismo radica en las ideas populistas. En su espíritu solo hay cíclopes y lestrigones. Temen emprender el viaje a las ítacas.

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