Opinión

Dos siglos del Museo del Prado

Por: Rafael A. Escotto

Don Alfonso E. Pérez Sánchez, antiguo director del Museo Nacional del Prado, expresó con la satisfacción inmensa de los fundadores de grandes centros donde se exhiben las colecciones de arte más exquisitas del mundo, que esta institución: «representa a los ojos del mundo lo más significativo de nuestra cultura y lo más brillante y perdurable de nuestra historia»

Frases revestidas del oro más puro venidas del palacio Real de Madrid repercutieron luminosas, esta vez, en las paredes centenarias de la pinacoteca más importante del mundo.

Habló con el lucimiento esperado de un  monarca, con el prestigio imperial que lleva Felipe VI, sobre su cabeza laureada, la diadema de rey de España. Tierra de escritores como Federico García Lorca, Miguel de Unamuno, Pio Baroja y Rosa Montero, entre otros filósofos y literatos soberbios.

Y no era para menos la elocuencia del soberano español, se trataba de la celebración de los doscientos años más gloriosos, del legado cultural más regio representado por el Museo del Prado de Madrid, sobre todo, de una galería donde se exhiben pinturas del periodo barroco, tal es La ultima comunión de San José de Calasanz, un óleo sobre lienzo, pintado en 1819,Saturno devorando a su hijo, pintura al óleo de Goya y otras como Las meninas o La familia de Felipe IV, perteneciente al siglo de oro de Velázquez.

«Dos siglos – expresó el monarca español con rostro envanecido – de un verdadero icono de la cultura española y universal que atesora muchas de las principales obras artísticas y pictóricas creadas por el genio humano a lo largo de la Historia«. Con estas extraordinarias palabras abrió el Rey Felipe VI  la conmemoración y puso en evidencia la dimensión universal del Museo del Prado de Madrid.

El discurso del monarca español en la comentada celebración, tuvo la calidad literaria como si fuera un Goya o un Velázquez creando la belleza de uno de sus frescos.

La idea original de  edificar un museo nació durante el reinado de Carlos III de España, llamado «el Político» o «el Mejor Alcalde de Madrid», perteneciente a la Casa de Borbón, esposo de María Amalia de Sajonia, reina consorte de Nápoles. La obra majestuosa del Museo le fue confiada al arquitecto Juan de Villanueva, en 1795, quien fue considerado sumo exponente de la arquitectura neoclásica, en cuya edificación tendría su asiento el ministerio de Ciencias Naturales.

Narra la historia de la época, que la consumación de esta construcción quedó expuesta al azar, hasta que Fernando VII, nieto de Carlos III, estimulado por su esposa la reina María Isabel de Braganza, tomó la decisión de disponer este edificio a la creación de un Real Museo de Pinturas y Esculturas. No fue sino hasta 1819 cuando el Museo Nacional del Prado abrió sus puertas al público a los repique de las campanas milenarias de la iglesia San Nicolás de Bari, construida en 1ba d202.

Para la festividad de los doscientos años del Museo Nacional del Prado, es posible que aquellas fieles campanas volvieran a sonar llamando a los madrileños a unirse  a este regocijo y revivir con el mismo orgullo de aquellos tiempos en que sus puertas labradas con el cincel maravilloso de un escultor y pintor sevillano de la categoría y grandeza de Diego Velázquez, el pintor de Las meninas, se abrieran de nuevo con la misma brillantez, a la cultura y a las artes.

Sin embargo, mientras toda aquella grandiosidad sucedía frente a la Puerta de Velázquez, alguien vio un tumulto de gente con pancartas vociferando consignas. Le preguntaron a Ortega y Gasset. Luego hicieron lo mismo con Miguel Unamuno, viendo a ver si se trataba de la tercera guerra carlista y finalmente, vieron al escritor Fernando Savater, el de «Los Malos y Malditos«, que se disponía a entrar al Museo y no quiso referirse al tema.

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