Editorial

Dos tribunas son posibles a la vez

Marcando un antes y un después, con la conmoción político-social del dieciséis de febrero como línea divisoria, entes ciudadanos que incluyen a los partidos están lanzados a la búsqueda de fórmulas para encauzar el país hacia la confianza y la efectividad de los mecanismos de Estado en términos electorales y de derechos. Ya no cabe la indiferencia. Lo ocurrido fue sumun como fracaso; el campanazo que activó a sectores que salieron a decir que la República es de todos y que no se está dispuesto a aceptar que esto acabe de caerse en unas solas manos, bajo el predominio de un solo partido, insuficiente, totalmente, para defender la democracia que ha puesto en riesgo, con unas cantinelas de éxito que -y ahora eso cobró relieves- no llenan expectativas nacionales.

Ahora la agenda de diálogo para superar el descalabro está bifurcada. El síndrome de “este sí, este no” ha parcelado el esfuerzo que debe ser colectivo, para conglomerar voluntades. Ambos frentes tendrían de todos modos, una condición ad hoc para elevar propuestas ante órganos del poder formal. Es allí donde deben confluir pragmáticamente las visiones del sectarismo idiosincrático e inevitable. Es allí donde dos consensos en vez de uno deben tener validez. De su conjugación habrían de salir medidas concretas y satisfactorias para todos o se habrá fracasado de nuevo. Resaltan coincidencias y silimilitudes de propósito en una causa trascendental.

Donde las dan, las toman

Además de poner plena atención en los riesgos para la salud humana y la vida implícitos en el coronavirus Covid-19, el país debe prever el duro choque mundial sobre la economía que reduce el turismo y los consumos de bienes de producción local aunque viene también, probablemente, un alivio en precios de hidrocarburos, demasiado costosos. Usual factor de desequilibrio en las balanzas comercial y de pagos. Procede amarrarse bien el cinturón en materia de gastos públicos y eficiencia presupuestal con moderación en el endeudamiento. A los números rojos por el desperdicio de miles de millones de pesos en un fracaso electoral no debe sumarse el habitual desbordamiento de recursos oficiales en año de elecciones. Está visto políticamente que tal exceso no salva necesariamente a gobiernos ni partidos. ¿Cómo les está quedando el ojo?

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