Opinión

Duarte: Símbolo de virtud, entrega y patriotismo

Domngo Caba Ramos

Juan Pablo Duarte, nuestro ilustre y siempre venerado Padre de la Patria, nació en la ciudad de Santo Domingo el 26 de enero de 1813 y falleció en Caracas, Venezuela, el 16 de julio de 1876. Es mucho lo que se ha escrito y escribirá acerca de la grandeza histórica de este digno patriota.

Son muchos los hechos que en ese sentido registra nuestra historia. Hechos, en cada uno de los cuales late el fervor patriótico, entrega, desprendimiento y ausencia de protagonismo. Hechos en los que se pone de manifiesto cómo en la mente del fundador de la República sólo un interés tenía cabida: el destino, la felicidad y el progreso del pueblo dominicano. Veamos sólo algunas de esas acciones:

Estando en el exilio, y no habiendo recursos que hicieran posible la continuación de la lucha en pos de la independencia, envió una carta a su madre y familiares solicitándoles a estos la venta de los bienes heredados de su padre para comprar armas y pertrechos con miras a ser utilizados a favor de la causa independentista. En esa histórica correspondencia, entre otras ideas, el patricio apunta lo siguiente:

«El único medio que encuentro para reunirme con ustedes es independizar la Patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que ustedes de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente ofrendemos en aras de la Patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado…» 

En dos oportunidades rechazó la presidencia de la República que notables ciudadanos de Santiago y Puerto Planta le ofertaron mediante proclama pública. En el primer caso, el 4 de julio de 1844, Duarte, institucionalista como siempre, rechazó tan alta y prestigiosa posición por entender que la forma como se quería elevarle hasta el solio presidencial violentaba por completo el espíritu de la ley. Estas fueron sus palabras al respecto:

« Yo no aceptaría ese honor sino en el caso de que se celebraran elecciones libres y que la mayoría de mis compatriotas, sin presión de ninguna índole, me eligiera para tan alto cargo…»

Y en Puerto Plata, cuatro días después, rechazó de nuevo el cargo argumentando que:
« Me habéis dado una prueba de vuestro amor, y mi corazón reconocido debe dárosla de gratitud. Ella es ardiente como los votos que formulo por su felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará satisfecho, aun exonerado del mando que queréis que obtenga; pero sed justos lo primero, si queréis ser felices, pues ese es el primer deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia, y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será libre y salva, y vuestros votos serán cumplidos, y yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro la de veros libres, felices, independientes y tranquilos…»

Una vez proclamada la independencia, se constituyó una junta de gobierno, la Junta Central Gubernativa, la cual tendría como finalidad organizar y dirigir los destinos del país hasta tanto se celebraran elecciones libres. Duarte, no obstante sobrarle méritos para presidir el citado gobierno provisional, fue designado como simple vocal, en tanto que Tomás Bobadilla, el mismo que no creía en la lucha de los trinitarios, se le nombró presidente. El patricio, sin embargo, aceptó resignadamente el secundario cargo.

El 21 de marzo de 1844, la Junta Central Gubernativa lo designa jefe de una división que debía dirigirse al sur de nuestro país a combatir las fuerzas haitianas comandadas por el general Riviere Herard. De regreso a la capital dio a conocer un informe en el que rendía cuentas para justificar un gasto de 173 pesos, de mil que se le habían entregado, y devolvió al Estado los 827 pesos restantes. Vale resaltar que al recibir ese dinero no se entregó recibo ni tampoco se le exigió que debía rendir la cuenta referida.

La noche del 10 de agosto de 1844 Duarte, junto a otros patriotas, abandona el país, desterrado y acusado por Pedro Santana de traidores de la Patria. En su poema“ Romance”, conformado por versos épicos de indiscutible acento intimista, nuestro Padre de la Patria funde su yo individual en un ellos colectivo, representado por sus compañeros de partida , describiendo así tan aciago acontecimiento en tercera persona del plural, como si se tratara de un simple testigo del hecho relatado y no el principal protagonista de la innoble medida ejecutada por el tirano presidente :

« Ellos que al nombre de Dios,
patria y libertad se alzaran,
ellos que al pueblo le dieron,
la independencia anhelada,
lanzados fueron del suelo,
por cuya dicha lucharán…»

Compare la conducta y acciones antes referidas, simples muestras de las tantas ejecutadas por el patricio en vida, con las llevadas a cabo por los políticos que les ha correspondido regir los destinos de República Dominicana desde 1844 hasta la fecha, y entonces usted muy pronto se convencerá de una vez y para siempre que ningún otro dominicano ha podido igualar en virtud, grandeza moral, heroica y patriótica al padre de nuestra independencia.

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