Editorial

El difícil oficio de ejercer el poder

Ejercer la Presidencia de la República, en cualquier país latinoamericano, se ha constituido en estos tiempos en un oficio lleno de riesgos y sinsabores.

Puede sostenerse o degradarse en la medida en que las ejecutorias del gobierno satisfagan las necesidades de los ciudadanos, especialmente de los más pobres.

Si los números de la economía no le resultan favorables, sea cual sea la razón que ha dado lugar al decrecimiento o al estancamiento, entonces el gobernante puede verse navegando en aguas turbulentas, donde las altas olas de las demandas sociales podrían sumergirlo o dejarlo con pocos márgenes para llegar indemne a puerto seguro.

Hoy estamos viendo ejemplos de presidentes latinoamericanos que alcanzaron el poder con buenos porcentajes de aprobación en primeras o segundas vueltas electorales, aureolados por la confianza de la mayoría en sus promesas de cambio y de progreso.

Pero en el vaivén de las realidades internas o externas, muchas de las promesas quedan condicionadas, aplazadas o emprendidas con pocas esperanzas de materializarlas en el tiempo que le toca gobernar.

Y entonces surgen las protestas, el descontento, las huelgas y otras formas de repudio que, sin haber sido previstas, terminan convirtiendo el manejo del poder en un ejercicio acrobático en el cual el Presidente tiene que cruzar los precipicios caminando sobre una fina cuerda, sin perder el equilibrio.

En las últimas semanas, los ciudadanos de varios países se han tirado a las calles a protestar por los impactos de algunas medidas de ajuste económico propuestas por el Fondo Monetario Internacional, que lesionan su poder adquisitivo, sus estilos de vida, sus presupuestos.

Una vez comprobados los enormes daños materiales causados por las pobladas, los presidentes se vieron forzados a dar reversa, intentando calmar los ánimos y retomar el control del pleno poder.

Pero necesariamente no hay que esperar que estallen las protestas por una medida inesperada y coyuntural para que, en ciertos países, los ciudadanos activen los mecanismos del “golpe de estado suave”, a fin de debilitar progresivamente a los gobiernos y provocar la renuncia de los presidentes.

Estas experiencias disruptivas del poder podrían evitarse si existiera en esos países la figura del referéndum revocatorio, para descontinuar una presidencia insatisfactoria, por medios pacíficos, a la mitad del período y cambiar el rumbo sin mayores traumas.

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