El jefe siempre lo hace bien

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RESUMEN
La culpa no es únicamente de Trujillo. Habría que repartirla entre una larga genealogía de hombres fuertes, incluidos algunos civiles, que no solo nos gobernaron, sino que cincelaron, a su pulso y semejanza, un arquetipo del poder que ha costado décadas —y muchos presupuestos— desmontar en esta media isla de Dios.
Los tiempos han cambiado, por suerte, pero algunas costumbres sobreviven con admirable resistencia. En cierta cultura de la administración pública dominicana, el designado se hace sabio. Basta que el Poder Ejecutivo coloque un nombre junto a la frase “queda designado” para que el agraciado descubra capacidades que hasta entonces desconocía.
El proceso es fascinante. El nuevo jefe llega todavía preguntándose por qué el presidente habrá pensado precisamente en él. Aunque haya cabildeado, visitado, llamado, esperado, goloseado y hasta “amarrado”, la decisión final dependió de la voluntad de otro.
Pero la incertidumbre dura poco. Apenas se acomoda en el sillón comienza la necesidad de dejar una impronta: mover escritorios, cambiar fotografías, inventar eslóganes y producir publicidad en la que aparezca como protagonista.
Luego ocurre la metamorfosis. El jefe descubre que sus chistes son mejores de lo que pensaba, que comunica extraordinariamente bien y que posee una sorprendente capacidad para interpretar los grandes problemas nacionales. Alguno le comenta que “la gente está hablando”; otro asegura que nunca la institución tuvo tanta presencia; un tercero desliza que debería pensar en cosas mayores.
Para entonces ya se ha formado el entorno: colaboradores que aprendieron a callar a tiempo y a administrar adecuadamente las raciones de adulación. “Esto nunca se había hecho”. “Ahora sí se está trabajando”. Las críticas, en cambio, comienzan a resultar sospechosas.
Los viejos amigos pasan a ser negativos y aparecen los amigos del cargo, curiosa categoría de nuestra sociología burocrática: cálidos, atentos y extraordinariamente leales a quien ocupe el despacho, sea quien fuere.
Pero al predestinado todavía le queda una prueba. Como una suerte de Edipo burocrático, debe matar al padre: apartar a quien lo ayudó, disminuir a quien lo recomendó y reconstruir su biografía para que parezca que siempre brilló con luz propia.
El problema es que los decretos pueden ser sustituidos por otros decretos. Y entonces termina el encanto.
El jefe sabe mientras sea jefe. Sus ocurrencias son graciosas mientras haya razones para reírse. Su liderazgo parece indiscutible mientras pueda nombrar, cancelar, contratar o decidir quién entra y quién espera.
Después, la realidad recupera su tamaño. Al fin de cuentas, el Estado ni agradece ni guarda rencor. Y cuando el despacho queda vacío, el teléfono deja de sonar y los amigos del cargo descubren otras amistades, aparece una verdad que ningún decreto ha conseguido derogar: el jefe siempre lo hace bien.
Hasta que deja de ser jefe.





