Editorial

El mazazo de la macana

Cuando la Autoridad Metropolitana del Transporte fue creada, sus agentes usaban la macana, un largo mazo de madera, para inducir al cumplimiento de las leyes del tránsito.

La macana formaba parte, desde muchos años atrás, del instrumental defensivo-ofensivo de la Policía, junto al arma de fuego reglamentaría, y se utilizó con frecuencia en los porrazos que daban los agentes para disolver manifestaciones públicas.

Tanto miedo se le tenía, y todavía se le tiene, que en algunas salas de interrogatorios parecían ser más eficaces que un detector de mentiras o el mejor disuasivo para que el detenido confesara “por las buenas”.

Pero con el tiempo, la macana fue reemplazada por otros procedimientos, entre ellos las multas, la incautación de vehículos y hasta el apresamiento de los infractores, para hacer valer la ley.

Con ese instrumental coercitivo y disuasivo, poco a poco las autoridades han ido logrando bajar gradualmente los desacatos a las normas del tránsito. Lo cual es un atisbo de cambio gradual positivo.

Por ejemplo, se ha ido generalizado el respeto al cinturón de seguridad, al no uso de los teléfonos para hablar mientras se conduce, al uso de cascos protectores entre los motoristas y, en baja medida todavía, al robo de la luz roja de los semáforos.

Ojala que la ciudadanía vaya comprendiendo que en el respeto a la ley es que descansa el fundamento de la vida civilizada de los pueblos. Esa enseñanza, valga decirlo, no ha calado todavía lo suficiente en la mayoría.

Aplicada a otras formas de desacato legal y social prevalecientes, la macana sigue siendo, no obstante, un poderoso símbolo de disuasión para “meter en cintura” a los que se resisten a cumplir las leyes o a perpetrar delitos impunemente.

Tenemos que educar al pueblo para que prefiera la vía civilizada, antes que el golpe, duro y seco, del macanazo.

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