Opinión

El predicador

Por: Rafael A. Escotto
Una vez oímos la voz de un predicador tratando de sermonear el pueblo hablándole de moralidad, de honestidad, de que tenía que moderar todo afán de avaricia y de que debía actuar con integridad en todo momento. Inclusive, hablaba orgulloso de su propia honra y de su devoción cristiana.
Mientras aquel evangelizador de pueblos disertaba sobre cosas tan ideales, el pueblo tocaba panderete y, al mismo tiempo, ofrecía a Dios sacrificios de alabanzas por haberle permitido tener en su comunidad un predicador tan fiel y cuidadoso con los principios que enarbolaba.
En cada palabra que pronunciaba el predicador lo hacía con dramatismo, de tal manera que el pueblo percibía en él al hombre casi milagroso que venía a redimirlo de los abusos y de las corrupciones históricas producto de un mundo de desenfreno y, al parecer, sin esperanza.
Aquel hombre de verbo austero miraba al pueblo creyente fijamente, como queriendo hipnotizarlo para que no pudiera interpretar lo que realmente había oculto en el interior de su alma. Muchas veces nos dejamos tocar por lo que oímos y vemos a nuestro alrededor y lo hacemos precipitadamente, casi sin darnos tiempo a pensar.
En tanto el predicador continuaba proyectando sus ideas sobre un nuevo amanecer, quizá no como aquel amanecer de la honda noche universal borgiana que ronda los arrabales desmantelados del mundo; algunas personas volteaban la mirada, por miedo al compromiso o por el dolor que percibían.
Empero, el predicador con lengua de fuego, pretendiendo imitar con su dialectal a los apóstoles del Pentecostés que abrieron sus bocas y transformaron al mundo para siempre, le dijo al pueblo en signos muy aproximados a la lengua: que los cambios que tenía en mente no serían ni por asomo los que ellos habían mirado en todo el tiempo de su vida.
Al parecer, a aquel pueblo ingenuo siempre vienen y van predicadores similares a este predicador, hablándole en la misma lengua y ofreciéndole salvación perpetúa a sus males ancestrales.
Prometiéndole que todo cambiaria con su presencia en la llamada en algún momento «silla de alfileres» que clavan pero una vez se sientan hace que los hombres se aferren a ella, como si fuera aquella silla la rosa perfumada de Torres Bodet.
El predicador logra siempre embelesar al pueblo con sus promesas que aseguran el sueño de los nuevos tiempos. Sin embargo, como dijo el poeta: «Cayó la noche y me quedé sentado, escribiendo estas líneas con lágrimas en los ojos, me quedé sentado en la cima del mundo, mirando al horizonte esperando el amanecer.»
Al cabo del tiempo vemos que el predicador deja de hablarle al pueblo de aquellos ideales, tampoco habla de la aurora, porque, como escribiera alguna vez García Lorca, «allí no hay mañana ni esperanza posible.» Ya las disertaciones ilusionantes no son nadie, era el invierno, la ilusión. ¿No hay nadie? ¿Y no es nadie la ilusión?, como diría Juan Ramón Jiménez en sus ilusiones.
En aquel pueblo zoquete de esta historia continuamente aparecerá, al rayar el día o al acostarse el sol, un predicador dispuesto a prometer acabar con la deshonra, por allá a la tardecita, dentro del espacio azul, jugando a la mancha, cuando se va haciendo de noche, todos llevan un farol, como aquel poema de Fernán Silva Valdez,
Sí, ¡siempre vendrá un predicador irreverente hablándole a aquel pueblo en lengua indescifrable, difícil de descodificar! ¡Cuántos de estos falsos predicadores no habrán sido expulsados anteriormente del templo por sus falsedades y cuantos más de ellos vendrán nuevamente a caminar sobre la mentira mandada a callar por César Vallejo, porque lo hacía de engaños!
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