Opinión

El romántico implacable

Por: Rafael A. Escotto

A los intelectuales dominicanos Federico Henríquez Gratereaux y Enerio Rodríguez

En lo infinito está el punto de reposo a que se aspira. La consecuencia queda, pues, excluida. El romántico implacable no reconoce otro principio que el de la versatilidad. Quien quiera resumir al romántico en una frase que este haya una vez pronunciado se equivoca por completo. Para el romántico las contradicciones son indispensables en una lógica superior. Además, el romántico quiere vivir en sí mismo el mundo, con todas sus contradicciones.

Federico Henríquez Gratereaux y Enerio Rodríguez, saben, como en el Fausto, de Goethe, que lo conseguido hoy no será satisfactorio mañana y pretende volar a tal altura que se cierna sobre todo lo condicionado y aun la propia personalidad. Tal es el núcleo la ironía romántica. Desde las alturas del infinito o del ideal todo lo finito se torna casi nulo y provoca la sonrisa.

Me imagino que la felicidad de la vida es para Federico Henríquez Gratereaux la movilidad libre en eterno cambio. Pero ante esta semejanza con Dios ha de acongojarse aún el más audaz de los románticos. Con este trabajo intento alcanzar algún punto fijo en ese mar del eterno movimiento en el cual estuvo representado el hecho de que ese ideal de ilimitada extensión se concretase en la imagen de una edad dorada, que los románticos hallaron en la Edad Media.

El jurista y escritor alemán Wilhelm Heinrich Wackenroder fue el primero en proclamar la transformación de la Edad Media. De este escritor parte un rasgo que fue luego esencial en todo romanticismo europeo: la vuelta al bello pasado del país. Novalis, de Friedrich von Hardenberg, sigue esta dirección.

 

Hacia 1800, los hermanos Schlegel comienzan a hablar de la Edad Media y de su estudio. No se trata únicamente de la Edad Media en general, sino que es la Edad Media alemana la que se considera como expresión correcta de un pasado brillante.

 

Los románticos, que habían iniciado siendo cosmopolitas, se reducen hacia 1800 cada vez más a los límites de la patria. Se desata la alegre poesía patriótica de la guerra de liberación. Federico Schlegel es el primero que abre brecha. Le sigue toda la poesía romántica alemana, que haya una firme contención a su deambular exagerado y lleno de libertad.

 

El romanticismo alemán realiza su primera gran hazaña en lucha contra Napoleón. Orientado hacia lo suprasentimental y afanoso de lo interminable, no había pasado antes por las vías de la vida. Fue un ataque audaz a la vida al plantear con ánimo revolucionario la relación entre el hombre y la mujer, es decir, la cuestión del matrimonio.

 

No solo Federico Schlegel en su novela Lucinda (1799), sino también un pensador tan consecuente como Schleiermacher, propugnaron para las mujeres mejores derechos a formarse una educación equivalente a la del hombre y a ser iguales a este en el matrimonio. Sin embargo, justamente esos primeros pasos, que en el siglo XIX habían de tomar valor de realidad y ser importantes para la sociedad, produjeron al principio la impresión de un caprichoso revolucionarismo. Los románticos querían acabar con el mal de los matrimonios de conveniencia, poniendo en su lugar lo que ellos llamaron el verdadero matrimonio. En esta lucha parecían querer destruir valores tradicionales. Solo cuando asumieron contra Napoleón la defensa del carácter alemán, consiguieron la autoridad y los derechos de guardadores de lo bueno y auténtico.

 

Esta vez coincidieron con un hombre de la gravedad moral de Fichte. No se quedaron llamamientos y discursos, no se limitaron a auxiliar a los enemigos de Napoleón, aunque se llamasen Madame de Staël o Jean Baptiste Jules Bernadotte. En Johann Joseph Görres apareció un luchador de fuerza. Napoleón, que estaba acostumbrado a tomar poco en serio a los enemigos literarios, hubo de confesar lo peligroso que era para él el director del Museo Regional Renano Tréveris, el museo arqueológico más importante de Alemania.

 

El poeta alemán Heinrich Wilhelm von Kleist alcanzó una reputación semejante y la hubiera conservado si no hubiera tenido que vencer hartos obstáculos de arriba y si una muerte voluntaria no le hubiese eliminado de la lucha demasiado pronto. Pocos años después esos éxitos habían de ser palpables.

 

También Görres venía del campo de la filosofía natural. Desde hacía tiempo le era familiar el concepto de organismo, que le servía, como a los demás románticos, para representar el derecho de los alemanes contra Napoleón. En el fondo actúa siempre la idea de que ese elemento antiguo y castizo, sobre cuya base se ha constituido históricamente la patria, posee el valor de un organismo que descansa en su centro.

 

Si en la libre espiritualidad el romanticismo penetra un elemento naturalista este —y lo mismo sucede en Wackenroder— se desarrolla en otro sentido. A la caprichosa autodeterminación del espíritu opone la irracionalidad. La constante tendencia romántica hacia el irracionalismo prepara la filosofía de Schelling. La espiritualidad de Fichte —diría Enerio Rodríguez—fue para los románticos un apoyo que le permitió llegar a un exceso de conciencia. En ese momento empiezan a estimar lo inconsciente con Schelling y con Schiller. Lo rastrean en la Edad Media dorada. La gran esfera de los estados anímicos se concebía como el lado nocturno de la ciencia natural, en el cual sobre el suelo del magnetismo se sustentan hombres que al psiquiatra de hoy le parecerían enfermos de neurosis y de psicosis.

 

El romántico naturalista los considera, en cambio, como intermediarios que expresan una relación más íntima con la naturaleza, hombres que sienten y actúan más orgánicamente que los de conciencia clara y desenvuelta. Más profundo llegó a ser el irracionalismo cuando empezó a retrotraer la evolución del espíritu. Este giro alcanza en Hegel su cumbre metafísica. La obra del individualismo aparece como algo racional y, por tanto, efímero.

 

La naturaleza irracional—diría Henríquez Gratereaux—de cada pueblo es la que crea productos orgánicos y sólidos. Estas ideas, que también se apoyan en La filosofía de la Historia, de Hegel, permiten la aplicación a la estética de ese mismo concepto del alma popular. Hegel no deja de pregonar las excelencias de esa poesía natural. Esto condujo, hacia 1810, a la opinión de que las grandes obras de la poesía no son producto de un creador, sino que reflejan el alma de todo un pueblo. Para Jacobo Grimm, lingüista, filólogo y mitólogo alemán, considerado fundador de la gramática histórica, el Cantar de los nibelungos (leyendas sobre los pueblos germánicos) es poesía más auténtica que las creaciones de Goethe. Este concepto del alma popular obtuvo absoluto reconocimiento en la esfera de la sociología, de la política y del derecho. Su más conocido propugnador fue el jurista alemán Federico de Savigny, que en 1814 negó a sus contemporáneos la vocación legislativa porque había substituido la labor intelectual del individuo a la eficiencia histórica del alma popular. El derecho nace y crece como idioma, la fe, las costumbres. Es producto del pueblo entero.

La fuerza necesaria para crear el derecho tiene su máxima energía durante la juventud de un pueblo, durante la época en que el pueblo dispone de una inextinguible potencia inconsciente. Desde este punto de vista combate Savigny el derecho natural de la ilustración, la Revolución francesa y su epígono Napoleón.

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