Opinión

El rostro de desfachatez

Por: Rafael A. Escotto

Caminaba por la avenida Pensilvania en mi trayecto hacia el edificio del Capitolio, sede del poder legislativo de los Estados Unidos, en el Distrito de Columbia, Washington. Me detengo a observar la majestuosa obra diseñada por el arquitecto británico y cuáquero William Thornton, por cuyo boceto obtuvo el Premio Magallanes, en 1792.

Mientras continuaba fascinado observando la presencia augusta de aquel monumento, no pensé que nadie en su sano juicio se atrevería a conculcar su grandeza ni que un jefe de estado estadounidense en pleno ejercicio fomentaría que una caterva de desfachatado irrumpiera con violencia contra la solemnidad del Capitolio y con ello propinarle un golpe artero a la democracia norteamericana.

El odio racial, la intolerancia ideológica, el patrioterismo humillante y presuntuoso, la agitación feroz y obtusa alentada por un poder en mano de una persona enfermiza, fueron la chispa que encendió las pasiones y provocaron la violencia contra el edificio del Capitolio, cuya irrupción dejó cinco personas muertas, ciento de heridos y la destrucción de bienes muebles e inmuebles pertenecientes al Gobierno Federal.

El mundo democrático se avergonzó y los hombres y mujeres estadounidenses amantes de la institucionalidad democrática se horrorizaron al palpar con razonable tormento aquella demencia política desbordada, cuya furia intentaba entorpecer el desarrollo de la democracia en una nación que es arquetipo del liberalismo y de las libertades civiles, garantizadas por las leyes y costumbres, es decir, por una Constitución y por la Carta de Derechos civiles.

Las instituciones responsables de la preservación de la institucionalidad en los Estados Unidos están obligadas frente a la desfachatez de unos pocos ciudadanos que se creen con derecho de subvertir el orden, la paz y la tranquilidad que es virtud de nuestra democracia y quienes contravienen la normas deben pagar las consecuencias.

Conocemos, como escritor, esta frase de Ambrose Bierse, escritor y periodista estadounidense: «El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros», porque leímos algunos de sus cuentos mientras estudiábamos el bachillerato en Nueva York, como: Fábulas fantásticas y su historia de ficción: «Un hijo de los dioses y un jinete en el cielo.»

Sin embargo, a pesar de que Bierse no estaba lejos de la verdad cuando dijo aquella palabra y cuando el filósofo romano Cicerón, expresó: «La libertad sólo reside en los estados en los que el pueblo tiene el poder supremo» , yo voté a favor de Joe Biden, porque no quería ver mi país (Estados Unidos) atrapado en un laberinto de pasiones políticas equivocadas.

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