Opinión

Escritura fragmentaria y pensamiento

El vocablo aforismo proviene del latín aphorismus, que remite al griego aphorismós, cuya raíz conecta con la palabra aphorizen (definir, separar) que viene, a su vez, de la composición apo (aparte, fuera) y horos (seña o marca).

Un aforismo es la expresión sentenciosa, apartada y breve de un conocimiento filosófico, científico o artístico.

Por su agudeza y profundidad, como también por el brillo de su poética expresión, el aforismo es y no es, agota y supera cada una de las fórmulas expresivas, y sus especificidades lingüísticas o discursivas, que integran la familia paremiológica del axioma, el apotegma, la máxima, el corolario, la sentencia, el refrán, el fragmento, entre otras. El aforismo hace brotar de la palabra su más exquisita expresión del pensamiento.

En la literatura creativa y filosófica de la modernidad líquida actual se habla del aforismo como el hijo pródigo, el recurso expresivo que ha vuelto a la escena del interés editorial y el mercado de lectores.

Los cambios provocados por el proceso constante de modernización y la globalización en los conceptos y realidades de tiempo, espacio e individualización, fenómeno al que hemos de sumar la revolución tecnológica y el giro digital, el activismo de la vida y la falta de ocio, hacen atractiva la escritura fragmentaria en cualquiera de sus modalidades discursivas, por su brevedad, chispa ingeniosa y por su poder subversivo y eficaz.

De ahí el apogeo del microrrelato, ariete, en cierto modo, de la redención del aforismo.

La primera característica resaltable de la escritura fragmentaria o aforística de David Pérez, en su opera prima “Caleidoscopio” (2019), es su decidida actitud de provocación, reafirmando con ello una virtud del género. Sigue muy de cerca la senda de Cioran y de los antimoralistas a ultranza.

Hay en “Caleidoscopio” -del griego kalós, es decir, bello, eîdós o forma y skopein, mirar- una premeditada intención de subvertir, cuestionar, a veces hasta la iconoclasia, el sentido de los saberes, las creencias y las cosas, en procura de reconstruirlas, desfondarlas y hacerlas nuevas. O tal vez, deconstruirlas, en la lógica del oblicuo sentido de Derrida, para que devengan invenciones inauditas, insospechadas, radicalmente innovadoras.

En gesto de posmodernidad, Pérez introduce el microrrelato, con ficción y todo, dentro de la escritura fragmentaria. Crea personajes e inventa historias cortas, respondiendo de esta forma al mandato inexcusable de esta forma de escritura.

A veces sus escritos parecen rastros de la ira, una huella maldita, un vagido de estupor, un grito de indignación y descontento. Se resiste a concebir al escritor como un animal doméstico.

Teje en sus meditaciones una teoría del poema, una poiesis. Sus fragmentos y aforismos se tornan metaescritura, reflexión sobre el oficio de escribir, escalpelo que penetra la génesis del texto y sus demonios.

Fustiga, siguiendo a Canetti, los malabaristas del lenguaje, porque se entretienen en la pirotecnia y en los aplausos circenses de la palabra por la palabra, en detrimento de la sustancia de la vida, del pensamiento y del ser humano. Su escritura despeja la corteza y se queda en la médula.

Si bien es el aforismo un elemento troncal en la escritura de David Pérez, no se reduce a ese género o fórmula el contenido de este volumen.

Lo importante, desde la perspectiva del lector, es que “Caleidoscopio” nos da la oportunidad de conocer, de forma más cabal, el preclaro pensamiento y el acertado dominio de la escritura de un autor que, si bien se detiene, como recurso inexcusable y solo por momentos y atisbos, en las características socio-históricas, políticas y culturales de nuestro país, en realidad piensa y escribe para la cultura universal y para la posteridad.

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