Opinión

Este de Manhattan, Walt Whitman y Ernesto Cardenal

Por: Rafael A. Escotto

A los poetas Luis José Rodríguez y P. Rodriguez

«¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado; el navío ha aguantado todos los embates del mar; el premio que apetecíamos ganado está. El puerto está cerca; ya se oyen las campanas y los gozosos gritos del pueblo, mientras los ojos se fijan en su firme quilla, en su casco sucio y audaz. Mas, ¡ay corazón, corazón, corazón! ¡Ay las sangrientas gotas de roja sangre en el puente, donde mi capitán yace frío y muerto!» Walt Whitman

Observé la figura de un hombre alto de tamaño desplazarse con pasos apresurados por la calle Wall del bajo Manhattan. El hombre, de piel blanca, de pelo gris que le caía suavemente más abajo de sus orejas, con un sombrero de fieltro de alas anchas calado hasta las cejas, con su barba blanca pronunciada y ojos inquietos, se dirigía tranquilamente hacia algún lugar con su cabeza inclinada hacia abajo como si mirara sus propias pisadas.

Yo estaba parado sobre la calle Broadway a unos cuantos pasos solamente de aquel personaje. La histórica iglesia de la Trinidad enseñaba su campanario elegantemente apuntando al cielo. Sus puertas estaban abiertas de par en par, como si esperara la entrada de un poeta que no jugaba a las bolsas de valores ni a las cartas del tarot.

Aquella personalidad atrajo mi atención hasta el grado que olvidé por un instante el motivo de mi presencia en aquel lugar, trasiego de gente en tumulto, vestidos de banqueros, de corredores de bolsas y de turistas.

Las campanas de la iglesia de la Trinidad comenzaron a repicar como si con ello llamara su feligresía a participar de la liturgia temprana. En la iglesia ya habían entrado algunos inversionistas ocasionales a rogar porque sus apuestas a la bolsa se manifestaran con éxito. El hombre misterioso, de barba blanca y sombrero de alas anchas, puso sus manos blancas con sus dedos largos de escritor en la verja del templo. Quitóse su sombrero reverentemente y se puso a observar con solemnidad los mausoleos del pequeño cementerio a la izquierda del templo.

Por un instante creí ver sus labios finos moverse, como quien balbucea algunas frases o simplemente rezaba calladamente en silencio alguna oración por los difuntos. Me coloqué en una esquina de la verja contemplando en silencio cada gesto suyo y el semblante de aquel hombre que atraía mi atención. Todo aquel que pasaba cerca de él mientras se alejaba viraba una y otra vez su cara hacia atrás, como si hubiera visto aquel rostro en algún lugar o en las páginas o la portada de algún libro de poemas.

Luego caminó lentamente con su cabeza baja dirigiendo sus pasos hacia la puerta de la iglesia, cuyas campanas continúan repicando, cada vez con mayor intensidad y entusiasmo. Al parecer no era Quasimodo quien estaba en aquel campanario. Ni tampoco aquella iglesia tratábase de la famosa catedral Nuestra Señora de París, donde habitaba el hijo de una gitana que quedó sordo del tañir de las campanas de la catedral.

El hombre se detuvo en el umbral del templo y miraba con sus ojos despiertos el altar y al sacerdote oficiante que estaba en el fondo, hasta que decide ingresar con su cabeza descubierta y con su sombrero en su mano izquierda en señal de respeto. Su figura majestuosa y la luz brillante que rodeaba su figura daban a entender que me encontraba ante la presencia de un ser humano de gran cultura y méritos intelectuales.

Sus rasgos pedagógicos proyectaban que me encontraba ante una personalidad que trasciende la propia historia, las artes y la cultura occidental.

Ingresé a la iglesia un tanto nervioso, con pasos indecisos y me siento próximo a él. Una dama bien engalanada que le vé deja entrever en su rostro una agradable sorpresa; sus ojos verdes se abrieron como si de pronto hubiese estado ante la presencia de un ángel preferido de la literatura universal.
Incuestionablemente imaginé que aquel ser humano era un personaje famoso, a pesar de que destilaba una abundante simplicidad. El sacerdote oficiante aparece en la liturgia vestido de verde, como símbolo de esperanza de una cosecha abundante y floreciente. Quien observa el color verde sientia la sensación de serenidad y armonía y alegra la vista sin producir cansancio.

Finalizada la misa el oficiante saluda a todos los presentes. Sin embargo, cuando se ve frente a aquel hombre se detiene y le saluda con admiración. En ese momento la señora de tez blanca y ojos relucientes que estaba sentada a su lado y yo nos detuvimos y oímos al cura decir: «¡Qué sorpresa tan agradable me causa su presencia señor Whitman!».

En ese instante me pregunto a mí mismo, entre asombrado y fascinado: ¡Oh Dios, es Walt Whitman, el poeta del movimiento trascendentalista y el del realismo filosófico, el autor de la magnífica y controversial obra«Hojas de hierba»!
Inmediatamente me viene a la memoria preguntarme a mí mismo: ¿Dónde estarán Rubén Darío, Jorge Luís Borges, León Felipe, T. S. Elliot, Pablo Neruda?

Al ver al sacerdote, la sorpresa es aún mayor. Exclamé: ¡Es Ernesto Cardenal, el nicaragüense de la teoría de la liberación! Ahora me doy cuenta por qué la presencia de Walt Whitman en la iglesia de la Trinidad. Él fue el poeta endiablado a quien estos poetas miraron como maestro e inspiración filosófica.

Colocando mi dedo pulgar en mi temporal y moviendo mi cabeza en forma afirmativa, en mis adentros recordé y asocio la presencia del sacerdote católico en la iglesia la Trinidad de Nueva York: ¡Anjá, ya veo, el padre Cardenal estudió en Nueva York, en la Universidad de Columbia, y por lo visto tiene amigos en la iglesia anglicana!

La vida literaria de Whitman estuvo también rociada de temas políticos. Se opuso vehementemente a la esclavitud. Escribió ¡Oh, Capitán!!Mi Capitán!, en honor a Abraham Lincoln después de su asesinato.

La dama en la iglesia interrumpe la conversación y poniéndole su mano derecha sobre el hombro izquierdo de Whitman le dices: «Excúseme padre, qué hermosa estuvo su misa». A lo que Cardenal responde: «Gracias señora, por primera vez esta congregación anglicana le concede a un cura católico oficiar una misa especial en su histórica iglesia».

Y, seguidamente, dirigiéndose al poeta estadounidense le expresa con entusiasmo: «Señor Whitman, vi aquella foto suya durante la celebración en Brooklyn del 4 de julio, día de la Independencia de Estados Unidos, en 1825, cuando usted fue levantado en el aire y besado por el Marqués de Lafayette».
Entonces Whitman le pregunta: «¿A quién vió usted cuando era besado por un marqués jubiloso en exceso, a un hombre o a un homosexual?» «Poeta, yo solamente vi a un patriota a carta cabal y a un intelectual norteamericano que publicó a comienzo de la guerra civil estadounidense el poema patriótico: ! Suenen, suenen, tambores!»

El cura católico Ernesto Cardenal, que estaba oyendo la interesante conversación entre Whitman y la señora, interviene el diálogo diciendo: «¿Maestro, por qué llamó usted en su novela Franklin Evans «maldita putrefacción»? «Te diré, la escribí en sólo tres días, por dinero, mientras estaba bajo la influencia del alcohol, aún cuando yo proclamaba la sobriedad», dijo angustiado.

«Poeta, me dijo Borges que cuando le viera en alguna iglesia en la que yo fuera el sacerdote oficiante le preguntara por qué escribió usted «Canto a mí mismo»». «Pregúntale a Luís de Góngora la razón. Él fue racionero en la catedral de Córdoba y a quien Francisco de Cascales llamó, en sus Cartas filológicas, el «príncipe de la luz y el príncipe de las tiniebla». «Aún sin la respuesta de Góngora, a pesar de ello, te diré frente a este oratorio sagrado que lo que traté de escribir fue un resumen de las grandes religiones. Mientras escribía esta obra entendí que los mitos y la ascendencia o genealogía son ciertos, sin exclusión», explicó Whitman.

Finalmente, vi salir a Whitman de aquella liturgia en la iglesia de la Trinidad de la calle Broadway con su cabeza en alto y con su rostro reluciente de alegría. Su encuentro con el padre Ernesto Cardenal en aquel lugar sagrado le ratificó su creencia de que Dios era consustancial y trascendental.

Oí cuando Cardenal le dijo a Whitman algo así como:«Maestro, Jorge Luís Borges, el argentino, el suizo, Borges el caballero inglés, el de Furor de Buenos Aires, me confesó en una ocasión que su literatura estuvo influenciada grandemente por su pensamiento filosófico. Tal sentimiento quedó bien expresado en su obra «El oro de los tigres», cuando apuntó en el prólogo: «Para un verdadero poeta cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es».

Sería apropiado, en mi condición de escritor estadounidense, que en el colofón de este ensayo extraiga, a propósito del mismo, el poema de Borges a Whitman titulado «Camden, 1892», a manera de tributarle desde Manhattan un homenaje a este eminente poeta y literato universal: «El olor del café y de los periódicos. El domingo y su tedio. La mañana y en la entrevista página esa vana publicación de versos alegóricos de un colega feliz. El hombre viejo está postrado y blanco en su decente habitación de pobre.

Ociosamente mira su cara en el cansado espejo. Piensa, ya sin asombro, que esa cara es él. La distraída mano toca la turbia barba y la saqueada boca. No está lejos el fin. Su voz declara. Casi no soy, pero mis versos ritman la vida y su esplendor. Yo fui Walt Whitman».

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