Este no es un funeral

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RESUMEN
Por: Rafael A. Escotto
El pueblo culto le vio recorrer con su talento y su hidalguismo extraordinario los pasillos de las más afamadas universidades, sus cátedras de español, de cultura y arte en la Universidad Católica Madre y Maestra (PUCAMM) de Santiago, en la Universidad de Owego de Nueva York, en el Instituto Yody de Santo Domingo, todavía resuenan en las pulidas tapias de los paraninfos de estos centros académicos como si fuesen el bello canto de las aves anunciando la llegada de la primavera, los teatros donde montó sus obras se enardecían con el acento eminente de su dramaturgia.
Su presencia, siempre sobresaliente y grandiosa, evidenciaba la brillantez de los diálogos y el lenguaje primoroso del teatro dominicano y antillano.
Esta figura, tan gigantesca y tan soberbia, parece que se nos resbala de las manos, como se desliza mi edad, como dijo Francisco Quevedo, en quien lozana juventud se fía; mas ya mi corazón del postrer día atiende el vuelo, sin mirar las alas.
Me detengo frente a la procesión, observo con pesar el carro fúnebre que pasa frente a mis ojos y me digo a mi mismo, como cuando murió el actor estadounidense Sir Lewis Stone:
Con su cara llena de arrugas/y el smocking sin una/ ha conseguido desde la pantalla/lo que no consiguieron durante veinte siglos/millares de máximas morales: el respeto y la dignificación de la vejez.
Aquella tarde la cultura iba vestida triste con el smoking del actor. Era llevada sobre los hombros de actores jóvenes dominicanos; al frente del cortejo fúnebre visualicé metafóricamente a la imponente actriz dominico-estadounidense Zoe Saldaña, ataviada con un vestido de luto impresionante; llevaba en sus manos la estatuilla del Oscar a la excelencia cinematográfica recibida de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, Estados Unidos, por su actuación en la película Emilia Pérez.
Ese día el país olía a incienso quemado. Desde los balcones lanzaban flores de crisantemos, denominada la flor del sello imperial. El público se amontonó en los alrededores de la Catedral Primara de Santo Domingo, la más antigua de América, erigida en la ciudad colonial e inaugurada por el religioso Alonso Fuenmayor, el 31 de agosto de 1541, para darle a la cultura y al teatro su último adiós.
Para el país era este el cortejo fúnebre más triste que hacia su recorrido en una especie de alegoría dolorosa frente al mar, como aquel mar eterno del cual hablo el poeta español Miguel Hernández. Detrás del cortejo iban artistas, poetas, pintores, escenógrafos y dramaturgos con rostros ensombrecidos y ojos suspirantes y un caminar taciturnos; de pronto desde el cielo azul se oyó una voz inconfundible que decía:
No he muerto, solo me fui antes y no quiero que me recuerden con lágrimas, como aquel que no tiene esperanzas. El teatro dominicano no morirá. No he muerto, aunque mi cuerpo no esté, mi presencia se hará sentir. Seré un recuerdo dulce que asista a su memoria, seré una página bonita de su historia. Tome únicamente uno de los trenes y se me olvidó decirles….No he muerto, solo me fui antes.
Quienes no lograron ver a este gigante del teatro dominicano actuando, entre la absurdo y lo racional, en la tragicomedia en dos actos Esperando a Godot, escrita a finales de los años 1940 por el dramaturgo, novelista y crítico de arte irlandés Samuel Becket, se perdieron de ver en escena a este genio de las tablas interpretando a Vladimir.
La calidad dramática de este artista que se nos ha ido de manera tan de repente, fue tan sobrecogedora en esta obra que su teatralidad solo podía compararse con Marlon Brando, en El padrino o en Julio Cesar o tal vez con Spencer Tracy, en la caracterización de La isla del deseo o en El Viejo y el mar.
Había que haber visto a Iván García Guerra en la adaptación que hizo del espectáculo musical Amadeus, una de las obras de teatro más aclamadas, representando el enfrentamiento entre los compositores de música clásica más importante Wolfgang Amadeus Mozart y el compositor italiano Antonio Salieri, fue más que grandiosa, más bien, fue espectacular su actuación.
Sin embargo, debo destacar, que fue en la tragedia de Julio Cesar, de William Shakespeare, una trama genial que se desarrolló entre el honor, el patriotismo y la amistad, en la que se puso de manifiesto la superioridad teatral de Iván García.
Casi olvido señalar en este trabajo, que tuve la dichosa fortuna de conocer di persona a este formidable dramaturgo dominicano en Santiago de los Caballeros. Nos lo presentó a este articulista y al poeta santiagués Luis José Rodríguez, el destacado hacedor cultural Rafael Almánzar Mármol, a propósito de una disertación magistral sobre la historia del teatro, en Casa de Arte del Boulevard de la Calle Benito Mención.
Recuerdo que llenaron el salón jóvenes y viejos fanáticos del teatro de casi todo el Cibao para ver y aplaudir la personalidad brillante y oír, con la clara ilusión, el verbo carmesí de un actor consagrado, como Iván García, quien supo penetrar en místico ascenso, como escribiera alguna vez el poeta argentino Leopoldo Lugones, autor del poema Los Crespúsculos del jardín, encantando los jardines elegiacos rebosados, como si se tratara de genial moraleja, de un insondable frenesí de violines
Ningún otro actor dominicano, que yo haya conocido, exhibió tanto dramatismo ante el público como Iván García Guerra. Paz a su alma.





