Opinión

Estoy dispuesto a pagar el precio que haga falta.       

Por: Rafael A. Escotto

«Es hermoso servir a la patria con hechos, y no es absurdo servirla con palabras«. (Salustio)

Es difícil que un arquitecto abdique a su propia creación, en ella están no solo sus anhelos, también su talento y sus convicciones. Ningún otro maestro de obra estaría en capacidad de maravillarse del ingenio de otro, porque el grado de entusiasmo y de trascendencia social está en otro cerebro, ni siquiera a quienes va dirigida la obra están en capacidad de comprender y apreciar la magnitud del efecto futuro de la misma.

Quizás por eso el presidente Danilo Medina expresó con tanta pasión en su discurso de rendición de cuentas del 27 de febrero de 2019 ante la Asamblea Nacional: «Estoy dispuesto a pagar el precio que haga falta por servir a la patria«.

Esta frase en si misma es un desafío político. Es una señal inequívoca de reeleccionismo. Detrás de ella no hay la más mínima confusión. Fue un discurso de un estadista convencido y de defensa de una obra de gobierno afirmativa cuyo diseño le pertenece exclusivamente a su creador y piensa que debe impulsarla con vehemencia.

Por eso, cuando se va a hacer una medición sobre la calidad y alcance social de una obra de gobierno, debemos despojarnos de los tabúes propios de la política partidaria o de las influencias o escrúpulos que nos suelen transferir los trastornos propios de una sociedad con una carga de debilidades que afecta su cualidad para conceptualizar con autonomía de opinión.

El discurso del presiente Medina fue, más que una rendición de cuentas, una alocución de realizaciones, de hechos específicos de una gestión de gobierno. Lo bueno o lo malo de esta labor no está en nosotros juzgarla sino al correr del tiempo se irán manifestando sus efectos positivos o negativos y será entonces cuando una nueva generación de dominicanos (as) podrá comprobar y dar testimonio de sus resultados.

El presidente ofreció cifras económicas que manifiestan el ritmo de  dinamismo que lleva el país. Hay quienes  pretenden poner en tela de juicio ese vigor. Lo que se necesitaría de quienes dudan, es que ofrezcan elementos contundentes y probatorios que contradigan con sus cifras los números mostrados por el jefe del estado.

El país se beneficiaria de este aporte. No solo es llevarle la corriente contraria al presidente para fastidiar y encontrar acompañante en un viaje emocional sin un destino cierto, como si se le estuviera ladrando a la Luna inútilmente.

Creo que el discurso podría tener aristas que no acoplan con la realidad socioeconómica particulares. No obstante, en término general, a pesar de las cosas rebatibles que hayan podido encontrarse en el discurso, han sido  pocas las voces que han salido a contradecir lo expresado por el mandatario.

Hay gente que al no tener de qué hablar se dedican a repetir algo de cuya constancia se carece, como aquel buen alumno que repetía dócilmente lo que su ganso afirmaba. Con presunciones, así no se corrigen los dislates que pueden aparecer en algunas disertaciones oficiales, que no son más ni menos que rellenos, los cuales no realzan el discurso sino que lo despoja de convicciones.

En el caso específico del discurso objeto de nuestro análisis, no hubieron palabras de relleno. En cambio, en ese discurso el presidente Medina transmitió seguridad, fue preciso. No le vino al pueblo con pamplinas, como aquellas plantas que crecen en los sembrados y que resultan molestas e inútiles para el agricultor.

El presidente mantuvo la rigurosidad que siempre se espera de un jefe de estado consciente de su misión, a tal grado que el expresidente Hipólito Mejia, del opositor Partido Revolucionario Moderno (PRM) valoró de positiva la pieza, independientemente de que emitió otros juicios sin ningún valor político importante, que no sea lo que ya se conoce sobre la corrupción de funcionarios de la pasada gestión gubernamental. Pero Mejía no aludió la supuesta corrupción que se pregona de este gobierno.

Esta excepcional manera de omisión en la declaración del exmandatario podría situarlo en qué esquina de la política podría estar su debilidad. Esta declaración de Hipólito Mejía me lleva sin quererlo al sentido oculto que podría estar detrás de la siguiente expresión de uno de los líderes negros más recordado Malcolm X: «La bisagra que rechina es la que consigue el aceite«.

Es posible que el presidente Danilo Medina al decir la frase que sirve de título a este trabajo pensó en una hermosa locución de Ovidio, cargada de patriotismo: «El amor a la patria es más patente que la razón misma«. En el transcurso del tiempo podríamos darnos cuenta dónde el amor del presidente es más fuerte, si en la reelección o en la patria.

En otro caso, otra vez pienso que el presidente Medina habrá asimilado la frase de Camilo José Cela: «El patriota cree que el lugar donde nació se merece todo el amor del mundo; y eso sí es cierto«.

Mientras tanto ustedes navegan las aguas agridulces del discurso yo, en cambio, me siento en las orillas de sus anchos elementos a meditar sobre la bondades o la maldad de una reelección que podría sorprendernos viniendo desde el fondo de esta magnífica alocución.

Desde las voces de la oposición política solo podemos limitarnos a tratar de descifrar sus incoherencias, las cosas súbitas y luego quizás diríamos, al otro lado de las orillas, como Mario Vargas Llosa: «Mi experiencia política no fue grata, pero sí muy instructiva. Aprendí mucho sobre mi país, sobre la política y sobre mí mismo. No me lamento de esa aventura«..

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