Editorial

Estrategia de política exterior

La política exterior dominicana, reflejada en su posición frente a Nicaragua y Venezuela, parece seguir una estrategia que tiene como objetivo la defensa a nivel regional de la democracia, la transparencia y la antico­rrupción, coincidiendo a propó­sito con la política exterior de los EE.UU para la región.

En lo que tiene que ver con Nicaragua, donde la “revolución sandinista” ha derivado en un régimen autoritario salpicado de corrupción y caudillismo, la posición dominicana es de una clara injerencia consciente y calculada que se alinea con la sabida postura de los EE.UU.

Esa estrategia formulada en palabras del Canciller dominicano expresa públicamente su rechazo a las acciones persecutorias desatadas en Nicaragua contra los candidatos de la oposición, de cara a la próxima contienda electoral, con lo cual se evidencia el carácter dictatorial y antidemocrático del régimen de ese país centroamericano.

En el caso de Venezuela el gobierno dominicano ha sostenido una posición similar, favoreciendo en el país sudamericano la celebración de contiendas y consultas demo­cráticas para que en Venezuela se encuentre una salida democrática a  la larga crisis política que ha agravado los problemas de pobreza y de desintegración de su población expresada por una emigración sin precedentes.

Esas posturas del Gobierno dominicano, al coincidir con la política exterior de los EE.UU, tiende un puente de entendimiento con el gran país del Norte, que es a su vez el principal socio comercial de nuestro país, con lo cual ade­más se suaviza el recelo ame­ricano respecto al estrechamiento de los lazos comerciales y geopolíticos con la China continental, principal contendor y competidor de los EE.UU.

Pero si la posición de política exterior dominicana frente a Nicaragua y Venezuela se comprende dentro de la geopolítica de la región, no parece igual con la posición dominicana frente al vecino país de Haití. No luce acertada la posición expresada por el Canciller de retirarse del diálogo con las autoridades haitianas, frente a la decisión unilateral de Haití de construir un canal que se habrá de alimentar de las aguas binacionales del río Masacre.

Ese abandono del diálogo hasta que Haití no paralice la construcción de dicho canal, luce un desatino, cuando lo que debería hacer la República Dominicana es exigir precisamente la formación de la mesa técnica, siguiendo el acuerdo del 1929, en la cual la delegación dominicana debería mantener la posición de debatir el proyecto de acuerdo a criterios técnico-hidrológicos y postulando el derecho por igual de las dos naciones de hacer un uso racional y justo de las aguas binacionales del río Masacre.

De forma complementaria y sobre la base de los convenios internacionales y firmados entre las dos naciones, el país debería llevar la discusión al seno de las Naciones Unidas, donde se den a conocer la posición dominicana, así como también la posición haitiana.

¡Internacionalicemos, también, el diferendo con Haití!

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