Opinión

Filosofía, dudas y aciertos

José Mármol

Era una noche lluviosa de viernes invernal y la brisa soplaba fuerte desde la loma de Guaigüí hacia uno de sus barrios colindantes, el de las Acacias, conocido como el barrio de la Lotería, donde vivíamos.

Dije a mis padres que abandonaría en el tercer semestre la carrera de Ciencias Jurídicas para ingresar a la de Filosofía, mención Metodología de las Ciencias Sociales en la misma UASD. Se miraron en silencio, con asombro. Voltearon serenamente sus rostros hacia el mío, sin detener siquiera el lento movimiento de sus mecedoras ni moderar el volumen, de por sí bajo, con que escuchábamos a Lucho Gatica y la canción “El reloj”.

Mi padre preguntó por qué habría de tomar esa decisión. Le respondí que, si bien podía terminar esa carrera, nunca la ejercería, con el respeto que me merecían sus profesionales y maestros; que me apasionaban el pensamiento, la escritura y la enseñanza.

Esa noche se diluía el sueño de contar con un abogado en la familia.

Ambos coincidieron en apoyar mi decisión y en estimularme a estudiar aquella disciplina en la que me sintiera feliz. Mi padre, más pragmático, me inquirió: ¿De qué vas a vivir? Le respondí, para matar la duda, ejerceré la cátedra.

Recordé aquel momento mientras leía el ensayo “Ser sin tiempo” (Herder, 2019) del filósofo español Manuel Cruz, que escudriña la mutación y el ocaso de la experiencia de la temporalidad. Cuenta una anécdota.

En el colegio de su hija plantearon la pregunta acerca del oficio o profesión de los padres.

En su turno ella contestó: “Mi padre piensa”. A este aserto un niño respondió: “Pues mi padre también piensa y no le pagan”. Este juicio o prejuicio supone que no necesita paga aquello que todo el mundo es capaz de hacer, presumiblemente, de una misma manera.

Pero no, así como se diferencia el canto de la madre de aquel niño mientras se ducha de la primorosa y profesional voz de Adele, y a esta última le pagan muy bien, el pensamiento del filósofo se diferencia del pensar del común de los mortales, porque, aunque piensen ambos las mismas cosas, filosofar implica hacerlo de una forma más radical, que es aquella que apela a “llegar hasta el límite de lo que estamos en condiciones de pensar” (p. 16). De ahí que la duda de Descartes fuera distinta, una “metaduda”, a la de mis padres, una duda común. Gramsci, admitiendo que todos podemos ser filósofos, diferenciaba, no obstante, entre el sistemático, como Aristóteles o Hegel, y el espontáneo, como mi padre.

Una mañana de sábado, en la niñez de mis hijos, veíamos “Los Pitufos” en la televisión. Ocurría que a Pitufo Filósofo se le habían roto los cristales de sus gafas y no podía leer, que era su oficio en su comunidad. Acudieron, para resolver el problema, con Papá Pitufo, al Pitufo que fabricaba cristales de arena.

A Yasser le asaltó la duda y miró a Soraya preguntando: “Mamá, ¿y qué es un filósofo?”. Ella empezó a responderle paciente y amorosamente. Pero, de repente dice: “Yasser, preguntémosle a papá, porque él es un filósofo”.

El niño salta de la silla con la sorpresa que le ha desvelado su madre. Mirándome fijamente me cuestiona: “Papá, ¿cómo se puede explicar que tú seas un filósofo?”.

Alberto, más pequeño, que se había limitado a mirar y escuchar, atando al suspenso su curiosidad, da la respuesta: “Oh! Pero manito… Papá es un filósofo, porque cuando él era chiquito también era un Pitufo”.

Es un razonamiento lógico, aunque no necesariamente acertado. ¿Duda? ¿Acierto? La filosofía es, más bien, la llegada conceptual al límite de la sospecha.

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