Editorial

Gallera ni coliseo

El Congreso de la República no debería sumarse al comportamiento irracional que, coincidente con la campaña electoral, se exhibe desde litorales del Estado y clase política porque, en la pretensión de obtener algún tipo de ganancia proselitista se infiere daño a la economía, democracia y a la gobernanza.

Tan negativo sería que las cámaras legislativas se vuelquen en aprobar proyectos enviados desde el Poder Ejecutivo, como el de rechazar todo lo que provenga desde el Palacio Nacional, si el propósito en todo caso es beneficiar o dañar algún proyecto electoral.

Llama la atención que bloques disidentes de la Cámara de Diputados planteen rechazo puro y simple al proyecto de aprobación del Presupuesto Complementario sin antes recibir y ponderar los informes de comisiones ni proponer alternativas de solución a lo planteado por el Gobierno.

Lo mismo ha ocurrido con el proyecto de préstamo por 90 millones de dólares con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para la modernización de la Ciudad Colonial, del Distrito Nacional, que ha sido desestimado sin argumentos convincentes.

En ningún modo se aspira a que bancadas opositoras en el Congreso levanten sus manos en señal de asentimiento de iniciativas que no reúnan las condiciones necesarias para su aprobación, pero se advierte sobre lo dañino e improcedente que resulta el rechazo endosado solo por razones electorales o políticas.

Conviene sobremanera que en estos tiempos de campaña electoral senadores y diputados se esfuercen por legislar con sabiduría, apegados a la Constitución, las leyes, ética y transparencia, con el compromiso de beneficiar a la población en todas las circunstancias.

Con la salida de un grupo de legisladores del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) para adherirse a La Fuerza del Pueblo (LFP), el bloque oficialista ha perdido su mayoría relativa en la Cámara de Diputados, lo que ha trabado la discusión o aprobación de proyectos definidos como importantes.

El buen legislador debe siempre asociar su labor y comportamiento a la sensatez, racionalidad, competencia y responsabilidad, atributos que también deben exhibir sus mandantes políticos porque el Congreso de la República no puede ser convertido en una gallera ni en un coliseo.

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