Editorial

Hágase la ley …y que funcione

El propósito de los ordenamientos jurídicos, que incluye delimitar derechos entre ciudadanos y diversas relaciones con el Estado, no está claramente logrado porque regularmente las “cuñas” merecen más respeto “institucional” que leyes importantes. La forma de hacer política con vicios que sobreviven al paso del tiempo ha sido habitual fuente de concesiones y privilegios en desmedro de esquemas fundamentales. El “usted no sabe con quién está hablando” puede resultar un poderoso abracadabra ante el subalterno burocrático supuesto a velar por la vigencia de procedimientos y normativas de cualquier ámbito, frase que “invita” a liberarse de obligaciones éticas y que lo mismo haría caer en complacencias y flexibilidades (o en hacerse de la vista gorda) al policiíta de tránsito que al recaudador.

Palabras que pueden neutralizar también al funcionario puesto allí para hacer valer la protección a parques nacionales. Las órdenes superiores que motorizan tráficos de influencia ponen fácilmente a retroceder al director departamental que hasta la llegada de las líneas bajadas tal vez prefería la fórmula ideal de mantener las nóminas y nominillas en tamaños regulares. El primo, el hermano, el cuñado u otro ser de vínculo extraoficial con alguna alta jerarquía hallaría por esa vía la forma expedita de ingresar sin racionalidad a la Administración Pública o al servicio diplomático, pésele a quien le pese.

Dejados  de lado de mala manera

El desprecio a las existencias de larga data, con prisa en arrumbar lo viejo, hace salir de circulación objetos que aún desgastados servirían de mucho; exclusión que a veces toca a seres humanos competentes a los que se opta por adelantar la hora de dejarlos fuera desechando su experiencia. Implacables actitudes tropicales que cada vez impactan más cosas de trascendencia intemporal como las buenas costumbres y ahora algunas edificaciones de méritos históricos. Por distintos lugares del territorio nacional, doce monumentos erigidos en un proceso de siglos sufren un deterioro progresivo sin que aparezcan para rescatarlos los funcionarios encargados de su preservación. Así no, señores. No dejemos que solo en países desarrollados, cunas de civilización, haya respeto por patrimonios que materialmente marcan hitos a esta nación.

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