Editorial

Impensable

Si no fuera porque la experiencia se vivió ayer en Chicago y Texas, nadie creería que inversionistas en Estados Unidos pagaron hasta 37 dólares para deshacerse de un barril de petróleo, que hace algunos años llegó a cotizarse hasta 140 dólares. Algo impensable, porque no ha sido regalarlo, sino pagar para que se lo lleven.
La pandemia del coronavirus que obligó a paralizar la economía global y causo el colapso de la manufactura, industria de aviación y transporte, de la hotelería, restaurantes y cadenas de minoristas, ahora ha sumido al petróleo en el cataclismo.
Vencidas las fechas para inversionistas que adquirieron miles de barriles del crudo a precio futuro, sin poder colocarlos en el mercado internacional tampoco han localizado espacios o tanques de reservas para almacenarlos, con el agravante de que el consumo se ha desplomado.
De poco ha valido el acuerdo alcanzado por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Rusia y Arabia Saudita, de reducir la producción en nueve millones de barriles diarios, porque la demanda se ha reducido en más de 30 millones, a causa del coronavirus.
El derrumbe del petróleo de referencia West Texas se atribuye al vencimiento de cientos de pedidos a futuro, al desplome de la demanda y a que en los tanques de las refinerías de Estados Unidos han quedado sin espacio para almacenar, en razón de que esa nación se ha convertido en la principal productora y exportadora mundial del crudo.
Al otro lado del Atlántico, el petróleo Brent, de referencia para Europa, se desplomó un 8% para situarse alrededor de los 23 dólares el barril, afectado también por la doble combinación de exceso de oferta y baja en la demanda, señal de que el COVID-19 ha causado la debacle de una de las materias primas más estratégicas del mundo.
Es obvio que el petróleo de Texas, que ayer llegó a regalarse y después a pagarse para que lo retiraran de los puertos y plataformas petroleras recobrará un nivel de precio en terreno de depresión, a la espera de que se reduzca el impacto de la pandemia y que aumenten los niveles de almacenamiento de las refinerías estadounidenses, pero en cualquier caso es previsible que en el corto plazo los precios se mantengan cerca del suelo.
Más que fijar atención en cómo aprovechar la debacle en Texas del petróleo, Gobierno y sector productivo nacional deberían prestar atención a la magnitud del daño que causa la propagación global del COVID-19, que no respeta economías grandes ni pequeñas.

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