Editorial

Impropio, innecesario e indecente

Algo no anda bien en una sociedad indiferente ante resultados de una evaluación mundial sobre calidad educativa que coloca al país a la zaga en matemáticas, lectura y ciencias, pero que acoge complacidamente el permiso oficial para ingerir bebidas alcohólicas sin límite de tiempo hasta el 7 de enero.

Este debe ser uno de los pocos países del mundo donde en diciembre el Gobierno emite un edicto que autoriza a la gente beber hasta el amanecer durante más de un mes, como si la borrachera de fin de año tuviera rango constitucional.

Se entiende el interés de propietarios de bares, restaurantes y colmadones de que sus establecimientos estén abarrotados de bebedores, pero las autoridades no deberían otorgar patente de corso para el desenfreno y el desorden que para estos tiempos se vuelven virales en barrios y sectores residenciales.

Ese permiso de Interior y Policía que libera restricciones de horarios a hoteles, bares y restaurantes, es innecesario porque durante los once meses anteriores su aplicación es prácticamente nula, porque la mayoría de los parroquianos terminan sus encuentros antes de medianoche.

Más que incentivar lo de fiesta y mañana gallo, las autoridades deberían aplicar leyes y códigos que prohíben ruidos excesivos, consumo de drogas, ingesta o venta de alcohol y sustancias controladas a menores o prostitución sin control.

A la población no hay que concederle permiso para ingerir alcohol sin restricción de tiempo, porque sería más útil si se incentiva a la sensatez, la moderación y el respeto a la ley y al derecho ajeno. La Constitución de la República garantiza el derecho a la diversión.

Aquí no hace falta beber más ron o cerveza; lo que se requiere es mejorar la calidad de la educación, la competencia del maestro, el interés del estudiante y la responsabilidad de padres y tutores para que los alumnos se forjen y se formen adecuadamente.

Ese permiso de expender bebidas alcohólicas las 24 horas, es innecesario, pero además indecente, impropio de una sociedad que se supone camina en dirección a la civilidad, donde los ciudadanos no requieren que los estimulen al desenfreno.

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