Editorial

Inaceptable desequilibrio

El Estado dominicano ha dejado, mayoritariamente, en manos de entidades de la sociedad civil la promoción, defensa y rehabilitación de la salud ciudadana afectada por consumos ilícitos y no se explica que a la hora de distribuir recursos confiscados al narcotráfico y destinarlos al noble fin de mitigar los daños que causa ese crimen alguna autoridad prefiera retener la mayor parte de ellos y que además aplique criterios discriminatorios en perjuicio del sector no gubernamental que saca la cara ante el problema de adicción. A partir de lo que diga la ley, la discrecionalidad del poder no debe, con carencia de equidad, disminuir el apoyo que debe prestar a la tarea de interés social que particulares se echan a hombros.

Si el gasto público que se opone a los narcóticos está reducido por censurable estrechez conceptual a la persecución y castigo, lo menos que debe esperarse es que los organismos orientados a esos objetivos obtengan suficiencia presupuestal para el mejor cumplimiento de tareas sin menoscabo de las prevenciones y rehabilitaciones movidas por una sensibilidad social. La historia del sector independiente que en República Dominicana trata de salvar a la juventud que cae en drogas es de aguda precariedad y desvelos. El Gobierno no puede colocarse de manera torpe e injusta de espaldas a esa dramática realidad. Deplorables huellas dejaría esta administración ante el país y el mundo.

La tregua y sus motivos

Vistos como incompatibles con el sosiego y el clima de festiva fraternidad inherentes a las Navidades, los proselitismos de comicios siempre ganan objeción en la sociedad desde que soplan las primeras brisas de diciembre. Para la colectividad cobran importancia la cordialidad y el respeto mutuo; la superación ordenada de diferencias. Se prefiere que eventualmente lo único negativo y aislado de esta época sea pasarse de tragos al brindar por alguna buena causa o propósito. Por definición, y con abstracción de lo que en realidad ocurre, la lucha electoral debería resultarle al país espacio para la competencia constructiva y el examen exhaustivo de las ofertas. Escenario para las palabras que pretendan convencer sin ofensas ni demagogias. Sin la agitación de espíritu que provocan los discursos que detractan adversarios o falsifican la realidad.

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