Opinión

José Guillermo Sued «Con Jatnna»


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Por: Rafael A. Escotto
Aquel domingo 27 de julio se celebraba el Día de los Padres. La noche llegó estrellada, tranquila, serena… ideal para disfrutar de una experiencia que tocara el alma y, al mismo tiempo, nos revelara la grandeza extraordinaria de la obra de Dios.
Mi esposa Ruth Esther y yo nos sentamos frente al televisor, y sin pensarlo mucho, sintonizamos el canal 9: Con Jatnna. Nos atrajo, como siempre, la jovialidad natural de su conductora, su profesionalismo y el estilo elegante con el que enaltece la lengua española. Posee una dicción casi poética. Como diría el novelista Paulo Coelho, El mago, Jatnna Tavárez habla el lenguaje del entusiasmo, de lo que nace desde el corazón y se expresa con el alma. Habla desde lo que se cree y se desea.
Esa noche, cuando se alzó el telón del programa, la presencia de Jatnna conmovió al público. Irradió alegría con esa personalidad asombrosa que la ha hecho brillar tanto en la televisión como en la radio dominicana y latinoamericana. La vimos sentada en un diván blanco que evocaba el famoso Diván del Tamarit del dramaturgo español Federico García Lorca.
El invitado especial fue José Guillermo Sued, padre homenajeado en esa noche mágica. Su presencia evocaba la de Espartaco, el gladiador invencible que regresaba del umbral de la muerte. Allí estaba, sereno y discreto. A su lado, se percibía una silueta casi sobrenatural. Era, para nosotros, la imagen de Jesús de Nazaret, acompañando a ese padre en su regreso. Su voz, vigorosa y llena de alma, acariciaba al público como una melodía suave que abraza el corazón en el vasto universo del sonido que alegra.
El entusiasmo fue tan contagioso que conmovió incluso a Jatnna, quien, visiblemente emocionada, dejó escapar lágrimas que descendían por sus mejillas mientras continuaba conduciendo con elegancia y entrega. Lejos de cualquier artificio o vanidad, lo que vimos fue un hombre profundamente humano, auténtico, una criatura nacida de nuevo del cataclismo que alguna vez amenazó su vida, ahora celebrando cada instante en nombre de Dios.
Más adelante, fue llamada a escena doña Cuchi de Sued. Su presencia irradiaba ternura y devoción. Representaba el amor que no busca lo suyo, el sacrificio silencioso, la renuncia voluntaria en favor de quien se ama. Verla al lado de su esposo recuperado fue el testimonio más puro de entrega. En ese instante, su voz suave recitó con dulzura unos versos de Santa Teresa que brotaron como un susurro profundo:
«No te turbe nada,
nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia todo lo alcanza;
quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongoje,
nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y venga lo que venga,
nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
que siempre dura.
Fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.»
Sigan abrazados a ese tronco con amor incondicional, amor sin reservas. Eso fue lo que sembraron, y eso es lo que florece hoy. Continúen, Cuchi y José Guillermo, cultivando esa alianza pura. Ustedes mismos lo dijeron: en la adversidad es que se desarrolla la paciencia.
José Guillermo, en tu dedicatoria dijiste que esta mujer es como un cascabel. Pues aquí tienes una humilde demostración de todo lo que ella ha significado. Espero que nunca deje de sonar.

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