Opinión

«Juntos, formamos una frontera compartida»


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Por: Rafael A. Escotto

Para algunos desaprensivos, la frase «Juntos, formamos una frontera compartida» puede ser simplemente un enunciado. Para nosotros, es una aspiración sustentable basada en la voluntad firme de todos los actores involucrados en hacer posible el sueño acariciado por nuestra región: contar con la garantía de que se puede lograr una estabilidad y solidez comercial, así como una cooperación que propicie una buena y sana vecindad, apoyada en relaciones sin tensiones y seguras.

Esta expresión, en labios de la embajadora de Estados Unidos, representante política del presidente Donald Trump, pronunciado en un país hermano como la República Dominicana, constituye una histórica manifestación de solidaridad jamás expresada con tanta vehemencia y valentía por ningún otro embajador o embajadora estadounidense ante el capítulo dominicano de la Cámara Americana de Comercio. No ha sido, al parecer, una declaración hecha para lucir generosa ante el pueblo dominicano ni tampoco para exhibir su vigor filosófico, únicamente para académicos.

Fue, sin duda, una reflexión bien razonada, producto de un estudio político, socio-antropológico y, sobre todo, humano, formulado al calor de las ideas para legitimar causas que produzcan efectos inequívocos que impacten en la región y más allá, hasta tocar franjas geográficas sensibles, hoy lastimadas por inmigraciones desaprensivas que se tornan indeseadas para cualquier sociedad.

Quedó bien claro en el discurso de Leah F. Campos que no se trata de respaldar propósitos de «refundición» o de «fusión», ni nada de esa naturaleza; lo que se busca es trabajar juntos por la conquista de la tan deseada paz, garantizar la seguridad nacional, la aplicación de la ley y el combate contra los crímenes financieros. La seguridad económica y la seguridad nacional son aspectos vitales que se conjugan mutuamente para construir juntos una paz y unos desarrollos duraderos de los cuales participemos todos.

Otro aspecto de la presentación que causó satisfacción y produjo elogios en la audiencia fue que los Estados Unidos dieron por abolida la presión irrazonable que le imponía la administración Biden a la República Dominicana para que—como destacó la embajadora—«mantuviera abierta la frontera con Haití en lugar de cerrada». La sabia decisión del presidente Trump de cerrar la frontera sur de Estados Unidos y, al mismo tiempo, iniciar un proceso de limpieza del territorio norteamericano, infectado de delincuentes—aparentemente de personas no gratas para el país—, que aprovecharon esa debilidad política del expresidente Joe Biden, de frontera abierta, para agregarle una dosis mayor de inseguridad a la sociedad norteamericana.

Otro aspecto trascendental de su discurso, valiente y, sobre todo, puntual, fue cuando afirmó, firmemente, que «la inestabilidad en Haití representa una amenaza para la seguridad de la República Dominicana y también para los Estados Unidos». Para acentuar aún más el tono de su disertación, dijo, responsablemente y sin remilgos: «Me comprometo a abordar este tema con el presidente Abinader y con el sector privado para encontrar soluciones que mitiguen la amenaza y ayuden a estabilizar a Haití».

Siguiendo los ideales del presidente Donald Trump en la región, la honorable embajadora Campos trazó una meta en su alocución, haciendo que reverdeciera una máxima que sintetiza una realidad soberana de cada país, y Haití no debe ser la excepción: «La meta sería que los haitianos puedan vivir y disfrutar de su país—uno que sea pacífico y seguro—que también se lo merecen».

Este razonamiento de la embajadora contiene lo que no debe faltar en ninguna argumentación que se proponga manejar el arte de las ideas contrapuestas: la belleza de la dialéctica para poner en su justo contexto las luchas antagónicas entre sociedades con diferencias culturales, separadas por el idioma y las costumbres.

La prestante embajadora Campos fue tejiendo conceptos, abrazando ideas innovadoras y planteando propósitos para concluir su magnífica presentación ante el capítulo de la Cámara Americana de Comercio Dominicana con dos importantes reflexiones: «En el mundo interconectado de hoy, la fortaleza también depende de la tecnología, y ahí es donde el concepto de redes confiables y reguladas se vuelve esencial». Y, otra, de un reconocimiento que aconseja: «A medida que la República Dominicana avanza en la protección de su infraestructura digital crítica, los Estados Unidos están dispuestos a compartir su experiencia y apoyo técnico».

Recordó, sin imposiciones ni recetas palaciegas, que la República Dominicana es uno de los socios más fieles de los Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, consideró, sin rodeos, con el peso que tienen sus palabras: «El progreso de la República Dominicana refleja un liderazgo real que se mide en arrestos, enjuiciamientos y, lo que es más importante, en vidas protegidas».

Concluyó afirmando la respetable plenipotenciaria estadounidense con una consigna: «…el trabajo que hacemos juntos es, literalmente, “América First” y “the Dominican Republic First” al mismo tiempo. Es decir, respetamos y celebramos—subrayó en su esperado discurso—plena y absolutamente que la República Dominicana ponga a la República Dominicana en primer lugar».

 

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