Editorial

La criminalidad, una pandemia peor

El crimen tiene la cancha libre. Y no es para menos en un país donde el principio de la autoridad se ha ido al piso y la gente le ha perdido el miedo a la ley y a sus sanciones.

Con la pandemia encima, que es otro dolor de cabeza, el crimen ha encontrado espacio mientras la policía y los militares se concentran en el control, ineficiente todavía, del toque de queda.

La prioridad de la seguridad ciudadana figura entre las primeras del gobierno, luego de la salud mediante el combate al coronavirus y la recuperación económica, víctima de la parálisis en el tiempo de la cuarentena. Feminicidios que se saldan o devienen en asesinatos múltiples, violadores de menores que arrasan con sus abusos en los barrios pobres, desapariciones misteriosas, atracos y una juventud desacatada bebiendo alcohol y fumando hookah en las horas del toque de queda, son muestras elocuentes de un país socialmente corrompido.

La ley y la autoridad siguen siendo frágiles.

Es peligroso vivir así si son tan perceptiblemente claros los síntomas de una inconformidad social que se ha incubado bajo el estado de emergencia, y que se traduce en rebeldía ante las restricciones, frustración y desconcierto de vivir en un presente trágico que no da visos, para la mayoría, de buenos augurios.

Para desventura, hasta los mismos guardianes de la ley ya dan indicaciones de hastío y cansancio, más los desencantos que podrían experimentar al sentirse que nadie está por respetarlos ni reconocer su autoridad al momento de observar el toque de queda.

La criminalidad es como la pandemia del Covid. Diríase que peor que esta porque mata y no se deja aplanar. Los tantos planes anticrimen desde el gobierno, en sentido general insuficientes, así lo demuestran.

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