Editorial

La inmovilidad presupuestaria

La unilateralidad que desde predio palaciego da forma y sentido a las previsiones y recaudos de Estado para inversiones y gastos imprime al ritual anual de las aprobaciones presupuestarias características de imposición. “Lo coges o lo dejas” son las palabras que en los hechos deberían figurar en la portada de los detalles que para los movimientos de caja deciden en cenáculo los gobiernos. Un documento a prueba de enmiendas por el solo hecho de que desde las posiciones contrarias al oficialismo se necesitaría un cuórum inalcanzable para cambiar de sitio hasta una coma. Pocos criterios (los de señores encapsulados y con riendas del poder) tienen vela en el entierro de las decisiones macros y micros que rigen el accionar y la asignación de recursos de una ley de cuya eficacia y buen diseño depende que pueda cumplir fines desarrollistas. Consensuada tendría más autoridad y legitimidad.

Sus contornos definitivos deberían provenir del contraste de propuestas prestando atención equidistante a opiniones calificadas que lleguen a los legisladores en vistas públicas. Pero no a las de mera formalidad para la apariencia democrática. Ocurran primero fluidas discusiones congresuales sin directrices inapelables. Esto es lo que hay: lentejas y nada más. Sin necesidad de modificar los procedimientos legales, la flexibilidad gubernamental para modificaciones haría nacer presupuestos conjugados. Eclécticos desde un principio.

Un optimismo de alto riesgo

El endeudamiento en espiral que aquí ocurre tiene como preocupante visto bueno el que se asume desde la óptica de un poder que se abraza a la consecución de una mágica apariencia de que hace mucho por el país y desde una proyección del crecimiento que lleva a suponer que mañana habrá más capacidad de pago para el Estado. No importa que ya hasta las nimiedades necesiten financiamiento. Y sobre todo: se necesita más y más para pagar.
Prima un conflicto de lógica elemental: ¿Cómo puede un individuo, familia, negocio o entidad, aun tan grande como el sector público, sobrepasar más de diez años cogiendo prestado por encima de sus ingresos ordinarios, insuficientes y crecientemente deficitarios como ocurre en República Dominicana? Alguna pequeña dosis de pesimismo generaría alertas saludables.

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