Editorial

La piñata del noveno inning

Por lo que se ha visto tras descorrerse la cortina sobre decisiones de anteriores gestiones del Estado, sus extensiones y autonomías, el Erario y fondos de entidades descentralizadas estuvieron sometidos a excesos en concesión injustificada de pensiones de altas cifras, estrambóticas “bonificaciones” y súper préstamos bancarios al vapor en cierre de mandato, sin que importantes áreas oficiales generen reales beneficios -aun captando ingresos- como para ser fuentes de prestaciones desmesuradas.

A ese manejo escandaloso para repartir lucros privilegiadamente se suma el haber hallado nóminas supernumerarias creadas para alimentar con buenos sueldos a gente sin reales funciones ni presencia, tanto en el país como el exterior, en franca violación a leyes y esquemas orgánicos, y en vergonzoso exceso de gastos improductivos en un Estado que incesantemente recurría a la emisión de bonos soberanos y certificados para poder hacer y deshacer.

Esas administraciones manirrotas no deberían quedar en la impunidad, pues han hecho cargar a la nación con un endeudamiento externo e interno del que solo se podría sobrevivir permaneciendo en el mismo círculo vicioso de tomar prestado. Una República que acaba de pasar por una transición en la que la apropiación de recursos previamente configurada con aspecto de legalidad fue exacerbada para beneficiar a camajanes salientes, amigos y familiares.

Barrida debe incluir cargos

En ejercicio de sus facultades como jefe de la Administración Pública, el Poder Ejecutivo sacó de posiciones a un considerable número de funcionarios incluyendo a quienes tenían reales obligaciones en el Estado; pero a muchos otros que devinieron del crecimiento desaforado de la nómina oficial sin que se hubiese expandido la necesidad de disponer de más gente cobrando para servirle al pueblo.

El hecho de despedir a equis número de «viajeros» del llamado tren gubernamental no debe suponer (cosa que no está clara todavía) la creación de vacíos en asientos y poltronas a llenar posteriormente. Ahora debe ser la excepción en la historia dominicana de que no se anda con la tradicional movida de «quítate tú para ponerme yo». Lo supernumerario debe desaparecer de las instancias medias, altas y onerosas.

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