Editorial

La reactivación se hace esperar

Este virus SARS-CoV-2 del que tanto falta por conocer, que causa una enfermedad para la que no existe todavía el tratamiento específico y seguro, y menos aún una vacuna, ha dado la mayor importancia al distanciamiento entre personas como arma defensiva. Iniciar un retorno a actividades productivas puestas en pausa por casi dos meses, tiene en contra una realidad numérica de 11,196 contagios confirmados, 409 defunciones con tendencia a crecer, aunque moderadas todavía, y otras manifestaciones preocupantes de la evolución epidemiológica mal medida por escasez de estudios de laboratorio.

No se necesitaría que el avance de las infecciones alcanzara los perfiles alarmantes y de mortalidad vistos en otros países para comprender la peligrosidad que encerraría flexibilizar restricciones para impulsar dinámicas industriales y comerciales más allá de lo que son actualmente, cuyos saldos resultan hoy relativamente satisfactorios. Incompletos. Falta alcanzar garantías de que ningún paso liberador de actividades, por moderado que pueda proyectarse alejaría al país de la meta aun pendiente de hacer fluir hacia atrás a la enfermedad. De hecho el incumplimiento de restricciones en ámbitos colectivos y la tendencia a hacer menos caso a los llamados a permanecer en casa generan un vacío de comportamientos cívicos acordes a la realidad. Van muy en contra del ansiado retorno a la normalidad.

El extra fatal  de la Covid-19

En un escalofriante pronóstico para República Dominicana, el organismo de la ONU para la niñez, Unicef, coloca a la Covid-19 como posible causa indirecta de 870 muertes de niños por desnutrición en los 12 meses siguientes, por encima de las ocurridas el año anterior a la pandemia que ha arrodillado al mundo. Vincula la escalada a un debilitamiento de los sistemas sanitarios dominicanos desbordados por la pandemia.

Otros factores, del mismo orden aparecen influyendo en la previsible elevación de la mortalidad tras mermar considerablemente los servicios asistenciales que deben proteger al vulnerable sector de la infancia. Serían defunciones que no aparecerían en el balance de víctimas del virus. Sí en el de las fallas de un sistema que no debería deteriorarse a partir de un énfasis desproporcionado cuando de salvar vidas se trata.

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