Editorial

Las otras víctimas de la pandemia

Cuando el coronavirus irrumpió en el país, en marzo, los agricultores dominicanos parecían estar en su época de oro.

El presente y el futuro no podían ser más auspiciosos: les favorecía un ritmo de producción exitoso con tres formidables mercados: el sector turístico, los consumidores en general y las exportaciones.

Coincidiendo con el inicio de la primavera, llegó de golpe, inesperadamente, el confinamiento social, el estado de emergencia y el toque de queda necesarios para hacer frente a la pandemia.
De golpe y porrazo, los productores se quedaron sin la demanda del sector turístico por el cierre de esos negocios y sin las exportaciones al suspenderse las operaciones aeroportuarias tanto en el país como en la mayoría de las terminales de destino.

Ha quedado solo el mercado interno, pero en una economía semiparalizada, con cerca de un millón de empleados suspendidos y con menos poder adquisitivo pese a los programas sociales que ha ejecutado el gobierno, la demanda ha caído por igual.

Esa realidad explica por qué hoy los dominicanos pueden comprar un plátano en la puerta de su casa a entre siete y diez pesos, cuando hasta febrero su precio era muy superior.

Sabemos que los productores de invernaderos y a cielo abierto tienen altos volúmenes de ajíes, tomates, pimientos y otros vegetales que no encuentran mercado y están a la pérdida, lo que invariablemente se traducirá en quiebra de negocios y atrasos en el saldo de financiamientos.

Ante esa realidad, que si bien no es culpa de las autoridades sino de esta imponderable tragedia sanitaria, es deber del gobierno ir en auxilio de estos productores, comprar y pagar los excedentes a precios por encima del costo de producción.

De lo contrario el país debe prepararse para un futuro incierto en materia de abastecimientos.

El gobierno del presidente Danilo Medina, que hizo un esfuerzo extraordinario de estímulo a los pequeños productores mediante su programa de visitas sorpresa, con éxitos a la vista, vería caer sus logros en el abismo si frente a esta calamidad deja a su suerte a los productores.

Comprar la producción que no encuentra mercado, convertirla en conservas o disecarlas para prolongar su aprovechamiento, es una tarea complementaria que corresponde a las autoridades para que en medio de la pandemia, que no sabemos cuándo termina, no nos quedemos desabastecidos.

La seguridad alimentaria del país descansa en este apoyo crucial.

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