Opinión

Leonel Fernández: ¿un predestinado?

Por Luis Mariano Nova

Las elecciones del año 1996 fueron convocadas tras una serie de acuerdos políticos arribados por el liderato político de la época, luego de un proceso de deterioro de la credibilidad de la población en la Junta Central Electoral (JCE), a raíz de los muy cuestionados comicios presidenciales de los años 1990 y 1994.

Ambos procesos electorales declararon ganador al líder del PRSC, Dr. Joaquín Balaguer. Dichas declaratorias fueron muy cuestionadas, dado que en 1990 el PLD y su entonces candidato presidencial, Prof. Juan Bosch, denunciaron la comisión de un “fraude colosal”, y en las de 1994 el candidato del PRD y del Acuerdo de Santo Domingo, Dr. José Francisco Peña Gómez, también denunció la comisión de un gran fraude electoral en beneficio del Dr. Balaguer, quien se presentaba a la reelección presidencial en ambos procesos.

La crisis política que afectaba al país había dividido prácticamente en dos a la sociedad dominicana y amenazaba con un desenlace de consecuencias impredecibles, generando temor ante el posible estallido de una conflagración civil que se llevara de cuajo los avances y logros que, en materia de relativa estabilidad y paz social, se vivían en nuestra nación para la época.

Tras muchas negociaciones, caracterizadas por el recelo y la desconfianza entre los actores políticos, avanzaron las rondas de diálogo con la participación de todo el espectro del liderato nacional, tanto en materia política como empresarial y de la sociedad civil, logrando finalmente una serie de acuerdos conocidos como el Pacto por la Democracia, firmado el día 10 de agosto de 1994 en el Palacio Nacional, justamente seis días antes de que el Dr. Joaquín Balaguer jurara por quinta vez como Presidente de la República Dominicana.

Dicho pacto establecía una serie de acuerdos, entre los cuales cabe destacar: la convocatoria extraordinaria a la Asamblea Nacional para reformar la Constitución de la República y abolir la reelección presidencial consecutiva; acortar el período presidencial 1994-1998 a solo dos años (1994-1996); convocar a elecciones presidenciales el 16 de mayo de 1996; establecer el sistema de mayoría absoluta (50 % + 1 voto) para ganar las elecciones; la introducción de la figura de la segunda vuelta electoral; y la conformación del Consejo Nacional de la Magistratura, entre otros acuerdos.

Dado el estrecho margen de votos obtenidos en el último boletín de la JCE entre el PRSC y aliados y el PRD y el Acuerdo de Santo Domingo, y el lejano tercer lugar (13 %) que obtuvo el PLD, parecía que lo que se convocaba para el 16 de mayo de 1996 no eran unas elecciones, sino la confirmación u oficialización del triunfo electoral del Dr. José Francisco Peña Gómez. Sin embargo, los hechos impusieron otra realidad: el Dr. Peña Gómez fue derrotado en unas elecciones que muchos consideraban lo llevarían a la Presidencia de la República Dominicana.

Si ponderamos con objetividad y hacemos una relectura e interpretación de los hechos que marcaron al país en aquella época, y si nos colocamos en una posición al margen de los dos bandos que se disputaban la hegemonía política y económica de la República Dominicana y el control del Estado, la narrativa que surge es que el país estaba prácticamente dividido en dos, y que ni las fuerzas que representaba el Dr. Balaguer ni las que representaba y apoyaban al Dr. Peña Gómez podían traer paz ni estabilidad duradera.

Tampoco estaban en condiciones de introducir los cambios y reformas que demandaban esos tiempos, puesto que la rivalidad y el antagonismo permeaban las posibilidades de una gobernanza efectiva. Las visiones de ambos caudillos no encajaban plenamente con una sociedad que empujaba hacia el crecimiento económico y la apertura al mercado mundial, tomando en consideración lo tradicional de sus discursos, que los colocaba en la retaguardia de la posmodernidad y de la emergencia de un mundo que venía achicando las distancias geográficas entre las naciones a través del Internet y del uso cada vez más masivo de la tecnología.

Estas herramientas comenzaban a convertirse no solo en medios para transacciones financieras, sino, ante todo, en canales para el acceso a la información y al conocimiento, indispensables para cohabitar los espacios de poder y decisión de un mundo que se hacía cada vez más cibernético, con la emergencia ya irreversible del ciberespacio como red global interconectada a través de la tecnología digital, las computadoras y el Internet, generando una democratización del acceso al conocimiento y a la información como medios de transformación de una sociedad que, en décadas anteriores, había estado marcada por modelos más estatizados, predominantes en los discursos políticos de los años 70 y 80.

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