Editorial

Llamados por la confianza

La suspensión de las elecciones municipales ha sido calificada casi por consenso como un fracaso electoral, en el cual fuerzas oscuras pudieron burlar las barreras de seguridad de la JCE, para intervenir la plataforma tecnológica del voto automatizado y hacerlo colapsar, tal como lo reconoció el Presidente del organismo electoral.

Después del fracaso queda como residuo un estado de ánimo colectivo dominado por la desconfianza y un estado de baja moral, que expresa el escaso nivel de la legitimidad democrática. La institucionalidad democrática ha sido burlada y con ello ha sido frustrada la expresión de la voluntad popular, fuente de la legitimidad democrática.

En ese contexto surgen con mayor poder y oportunidad de maximizarlo los grupos del poder fáctico que controlan los recursos económicos, así como también las fuentes del poder institucional del Estado. La legitimidad fáctica basada en la externalidad del dinero, se impone a la legitimidad democrática fundada en la “majestad” de la Ley que nace de la voluntad del pueblo. La democracia se debilita y la estabilidad del sistema político solo queda afincada en ese poder fáctico externo que representa al dinero.

De esa forma se va produciendo el vaciamiento de los principios y valores que sirven de referencias y guías normativas de la democracia y ese vacío lo va llenando ese poder fáctico, oligarquizando el régimen político e induciéndolo al uso de los mecanismos de fuerza y del poder coactivo que desconoce el estado de derecho.

Por esa vía, la legitimidad fáctica tiende a provocar el rechazo de la base popular hasta llegar a la indignación y la rebelión, con lo cual también cae la legitimidad fáctica, dejando al sistema político sin bases de sustentación, pudiéndose caer en el caos y la crisis, hasta que se recompongan la legitimidad democrática y/o la legitimidad fáctica.

Esa es la teoría política de la estabilidad del sistema político, que se complementa con la teoría del desarrollo económico como estrategia para impulsar la estabilidad y crecimiento de la economía, lo que le da al régimen político capacidad de responder a las demandas y necesidades de la población, con lo que se eleva su nivel de satisfacción.

El fracaso de las elecciones coloca al régimen político dominicano en el sendero de la deslegitimación y de la inestabilidad, lo que provoca el sentimiento de preocupación y de temores de muchas voces legítimas que llaman a la prudencia y a la sensatez sobre todo de los líderes políticos, sociales y empresariales.

Los llamados del Presidente Medina y del Episcopado Dominicano se enmarcan en esa necesidad de pacificar los ánimos, caldeados por la burla a la institucionalidad democrática.

En ese orden, el Presidente Medina aboga por la concordia y la responsabilidad del liderazgo para preservar la institucionalidad, mientras que los obispos de la Iglesia llaman al diálogo y apelan a la madurez de la clase política, para que se cree un clima de confianza que propicie el diálogo.

Esos planteamientos sensatos y maduros tienen de fondo la búsqueda de un clima que propicie el restablecimiento de la legitimidad democrática, suspendida con el fracaso de las elecciones municipales.

¡Qué se restablezca la legitimidad de la institucionalidad democrática!

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