Opinión

Los niños no deben morir: son ángeles de vida que deben ser protegidos por todos


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Por Ezequiel Sosa
Hay dolores que no encuentran palabras suficientes para ser expresados. Hay pérdidas que dejan el alma destrozada y preguntas que, por más que intentemos responder, permanecen suspendidas en el silencio de la tristeza.
La muerte de un niño es, sin dudas, una de las experiencias más dolorosas e injustas que puede enfrentar una familia. Los niños no deben morir. No deberían partir antes de tiempo, porque sus vidas apenas comienzan a escribir sus primeras páginas; porque sus sueños apenas empiezan a tomar forma; porque todavía les queda tanto por aprender, por disfrutar, por amar y por entregar.
Los niños son ángeles protectores de los adultos. Son esa luz que muchas veces llega a nuestros hogares para devolvernos la alegría, la esperanza y las ganas de seguir adelante. Con sus sonrisas nos enseñan a vivir; con su inocencia nos recuerdan la importancia de la bondad; con sus abrazos nos demuestran que el amor más puro no necesita grandes palabras.
Por eso duele tanto cuando uno de esos pequeños seres parte de este mundo.
En lo personal, hoy escribo con el corazón profundamente herido. Me embarga una tristeza inmensa y un dolor que resulta difícil explicar, porque he tenido que enfrentar la pérdida de varios niños cercanos a mí, pequeños a quienes les tomé cariño, a quienes sentí como parte de mi familia y por quienes siempre guardé un afecto sincero y especial.
Cada partida deja un vacío. Cada rostro permanece en la memoria. Cada sonrisa se convierte en un recuerdo que, aunque con el tiempo puede traer consuelo, jamás logra borrar completamente la ausencia.
Uno se pregunta por qué deben morir los niños. Por qué aquellos que tienen toda una vida por delante, que apenas comienzan a descubrir el mundo, deben dejar de caminar junto a sus padres, sus hermanos, sus familiares y todos aquellos que los amaron.
No hay respuesta humana capaz de aliviar completamente ese dolor.
Solo nos queda aferrarnos a la fe y confiar en el Todopoderoso, pidiéndole que reciba en sus brazos a esos pequeños ángeles y que les conceda un lugar de paz y luz eterna. También le pedimos que fortalezca a sus familias, que les dé la fortaleza necesaria para soportar una ausencia tan profunda y que les permita encontrar consuelo en los hermosos recuerdos que dejaron.
Los niños deben ser protegidos. Deben crecer rodeados de amor, cuidado, seguridad y oportunidades. Cada adulto tiene la responsabilidad de cuidar, defender y proteger la vida de nuestros pequeños. Ellos no tienen la capacidad de enfrentar solos todos los peligros del mundo; por eso estamos nosotros: sus padres, sus familiares, sus comunidades y toda la sociedad.
Un niño debería estar pensando en jugar, estudiar, soñar, reír y construir su futuro. No debería estar enfrentando el dolor, el abandono, la violencia, la enfermedad o situaciones que pongan en riesgo su vida.
Cuando muere un niño, no solo pierde una familia. Perdemos todos. Se apaga una sonrisa que pudo haber iluminado muchos corazones. Se interrumpe una historia que apenas comenzaba. Se pierde un futuro lleno de posibilidades.
Por eso, ante el dolor que hoy me embarga por la partida de esos niños cercanos a mí, solo puedo decir que los llevaré siempre en mi corazón. No importa cuánto tiempo pase: quienes fueron amados nunca mueren completamente, porque permanecen vivos en nuestros recuerdos, en nuestras conversaciones y en cada momento en que su memoria vuelve a tocar nuestra alma.
A sus familias les digo que comparto su dolor. Que siento profundamente sus pérdidas. Que no existen palabras capaces de reparar una ausencia tan grande, pero sí existe el amor, la solidaridad, la oración y la compañía de quienes verdaderamente sienten su dolor.
Hoy, con el corazón lleno de tristeza, elevo una oración por todos los niños que han partido demasiado pronto.
Que Dios los reciba como los ángeles que fueron en la tierra.
Que los cubra con su amor y les conceda la paz eterna.
Y que a nosotros, los adultos, nos dé la sensibilidad, la responsabilidad y la conciencia necesarias para entender que nuestros niños son tesoros sagrados, seres llenos de vida que deben ser protegidos siempre.
Los niños no deben morir.
Los niños deben vivir, crecer, soñar y llenar el mundo con sus sonrisas.
Porque cada niño es una promesa de vida.
Cada niño es una esperanza.
Cada niño es un ángel que Dios pone en nuestras vidas para enseñarnos a amar.

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