Opinión

Los Viernes Santos de mi Infancia

Domingo Caba Ramos

( A todos mis hermanos)

Los tiempos cambian, y con los cambios epocales, cambian también los hábitos y las creencias de las personas. Es lo que ha sucedido con las costumbres o prácticas que se llevaban a cabo los viernes santos de la época de mi niñez, las cuales se han transformado sustancialmente con la apertura, la globalización, el desarrollo científico y el proceso de urbanización de la nación dominicana.

El viernes santo es la fecha cumbre del cristianismo, particularmente del mundo católico, por cuanto se conmemora la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo. Se trata del día de mayor recogimiento espiritual durante la llamada Semana Santa.

Influenciado por las creencias cuasi medievales de un pueblo dominicano mentalmente virgen, ingenuo e inocente, ese día, en la rural o campestre comunidad mocana donde nací, estaba prohibido bañarse en ríos y playas, porque quien lo hacía, según nuestros mayores, podía convertirse en un pez.

No se podía cortar nada, clavar ni golpear, porque al proceder así, se estaba cortando, clavando y golpeando a Cristo. Por eso los cocos y las batatas, utilizados en la preparación de las habichuelas “con dulce”, había que pelarlos el jueves antes, como días antes había que cortar o tener lista también la yerba de los animales. Y por eso, igualmente, las “pelas”, para castigar cualquier acto de travesura que yo o uno de mis hermanos cometiéramos, conscientes de que en esa fecha la correa no se accionaba, mi madre las dejaba pendientes para el día siguiente. Y créanme que en eso de cumplir con esa “pela” o “santo” castigo, nuestra amorosa, tierna pero firme progenitora era superefectiva: no se le olvidaba nada.

También estaba prohibido comer carne, y cortar una rama de piñón o de la flor llamada “sangre de Cristo”; porque de una y otra rama podía brotar sangre, “la sangre de nuestro Señor Jesucristo”. Y, lo más sorprendente y curioso aún: las parejas de amantes no podían “hacer el amor” o sostener relaciones sexuales, pues corrían el riesgo, según la creencia popular, de quedarse “pegaos”. De haber tenido este juicio validez científica, les aseguro que en los viernes santos de los tiempos modernos, especialmente en ríos, playas y complejos hoteleros, habría que destinar grúas u otros medios especiales solo para desatar parejas sorprendidas infraganti en febril y desbordado ayuntamiento sexual.

En los viernes santos de mi infancia, no se podía hablar fuerte, había que “ayunar”, como muestra de sacrificio, y si al despertar en la mañana, la persona no hablaba, y así, mudo, se dirigía al “pozo” o al río a extraer el agua que luego depositaba en una botella o cualquier otro recipiente, esa agua se consideraba bendita.

En cuanto a la programación musical de las estaciones de radio, el viernes santos solo se transmitía música instrumental, preferiblemente música sinfónica de los grandes maestros (Bach, Mozart, Beethoven, Handel, Vivaldi…); nada de música popular (salsa, bolero, merengue, etc.), y difícilmente nos encontrábamos con alguien ingiriendo bebidas alcohólicas.

Común era la práctica, en la época de mis años infantiles, de intercambiar habichuela “con dulce” entre vecinos, expresión de la más fraterna, sana y comunitaria convivencia, hoy en vía de extinción, especialmente en los grandes centros urbanos, en los cuales muchas veces no sabemos el nombre y ni siquiera saludamos en cada amanecer al vecino que habita a nuestro lado.

Heráclito de Éfeso (Siglo VI A.C.), uno de los más ilustres pensadores de la Grecia antigua, precursor y para muchos padre de la dialéctica, definió el carácter cambiante y dinámico de las cosas, al establecer que “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. Según él, “Todo fluye, todo cambia, todo es dinamismo y movimiento. Todo es fluir y devenir constante…”

Siglos después, Marx y Engels crean el Materialismo Dialéctico (1840), y como parte de esta corriente del pensamiento, formulan la famosa ley del cambio dialéctico. Según esta, todo se transforma. Nada permanece estático. La realidad es un proceso de cambio constante. La verdadera realidad es la transformación, el devenir.

Gracias a la naturaleza cambiante de la realidad y al imperio o fuerza del cambio dialéctico, es comprensible y natural que aquellos lejanos viernes santos de mis primeros  años de vida , pletóricos de misticismo y espiritualidad, sean muy distintos a los viernes santos de los tiempos modernos, en los que la religiosidad parece ocupar un lugar secundario, y en los que la romería, lo bacanal, el ultragozo y lo ultrafestivo, motorizados por los medios de comunicación,  la competencia comercial y los  vientos economicistas del neoliberalismo, parecen ser sus rasgos característicos.

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura

dcaba5@hotmail.com

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