Editorial

Mancha indeleble

República Dominicana conmemora hoy el 55 aniversario del infausto suceso que significó la intervención militar de Estados Unidos perpetrada contra el territorio nacional el 28 de abril de 1965, con lo cual se reeditó una primera afrenta contra la soberanía nacional consumada el 16 de mayo de 1916, ocupación que se prolongó hasta 1924.
Transcurrió casi medio siglo entre la fecha cuando un contingente del Cuerpo de Marines de Estados Unidos desembarcó en las riadas de Santo Domingo bajo el mando del contraalmirante Harry Shepard Knapp y el día cuando las botas de esa soldadesca volvió a manchar el suelo patrio.
El motivo de la primera invasión fue esencialmente de carácter económico, como lo demostró el hecho de que el invasor se hizo del control de las aduanas que retuvo durante 20 años hasta que Trujillo, a quien Estados Unidos formó y forjó en la Guardia Nacional, pagó el último centavo.
En abril del 65 el argumento esgrimido por el presidente Lyndon B. Johnson para ordenar la intervención militar fue la de salvar vidas y el de impedir que los comunistas se alzaran con el control del Poder, pero en realidad esa grosera invasión tuvo el propósito de impedir el retorno de la democracia.
Escrito está en la historia con letras tintadas en sangre, que buenos dominicanos, armados de valor y honor, enfrentaron con el mismo arrojo y determinación al ocupante de 1916 en las lomas y montes de la zona este y del Cibao, y en la heroica Ciudad Nueva al invasor de 1965.
No son muchos los pueblos que han sufrido en un mismo siglo dos intervenciones del ejército más poderoso de la tierra, pero todas las generaciones del mundo depositan laureles de admiración en la memoria histórica de esta tierra, donde libertad y soberanía son principios irrenunciables.
Los días 14 y 15 de junio de 1965 cientos de patriotas murieron en férrea resistencia al avance liquidador de las tropas interventoras, que a pesar de su superioridad numérica y en armamento, no lograron avasallar el casco histórico de Santo Domingo, por aquello de que cada combatiente tenía más de una estrella en la frente.
Una patria agradecida, se muestra plena de admiración y respeto por la legión de hombres y mujeres que ante la segunda intervención militar de Estados Unidos combatieron y ofrendaron sus vidas para defender el legado de Duarte, trinitarios, restauradores, mártires del este y de La Barranquita, de que “Quisqueya será destruida, pero sierva de nuevo, jamás”.

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